Jean-François Lyotard – La condición postmoderna

Lyotard fue un escéptico respecto al pensamiento cultural moderno. En este sentido, su obra «La condición postmoderna» provocó el escepticismo acerca de las teorías universalizadoras. Lyotard argumenta que hemos superado nuestras necesidades de grandes narrativas debido al avance de las técnicas y tecnologías desde la Segunda Guerra Mundial: argumenta contra la posibilidad de justificar las narrativas que reúnen disciplinas y prácticas sociales, tales como la ciencia y la cultura: «las narraciones que decimos para justificar un solo


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conjunto de leyes y apuestas son intrínsecamente injustas». Su pérdida de fe en las meta-narrativas afectó la manera en que vemos la ciencia, el arte y la literatura. Las pequeñas narrativas se han convertido en la manera adecuada de explicar las transformaciones sociales y los problemas políticos. Lyotard sostiene que ésta es la fuerza impulsora detrás de la ciencia postmoderna. A medida que las meta narrativas se desvanecen, la ciencia sufre una pérdida de fe en su búsqueda de la verdad y por tanto debe encontrar otras formas de legitimar sus esfuerzos. Conectada a esta legitimidad científica está el creciente dominio de las máquinas de información. Lyotard sostiene que un día, para que el conocimiento sea considerado útil, tendrá que ser convertido en datos computarizados. Esto le llevó, años más tarde, a escribir The Inhuman, publicado en 1988, en el que ilustra un mundo en el que la tecnología domina el mundo.

Lyotard denomina «legitimación» al «proceso por el cual el legislador se encuentra autorizado para promulgar una ley como norma». Un enunciado debe presentar un conjunto de condiciones para ser aceptado como científico. En este caso la legitimación es el proceso por el cual un legislador, que se ocupa del discurso científico, está acreditado para prescribir las condiciones convenidas, generalmente de consistencia interna y de verificación experimental, para que un enunciado forme parte de ese discurso y pueda ser considerado como válido por la comunidad científica.

De tal manera, señala que, desde Platón, la cuestión de la legitimación de las ciencias se halla fuertemente relacionada con la de la legitimación del legislador. Asimismo, el derecho a decidir lo que es verdadero se encuentra entreverado con el derecho a decidir lo que es justo. Hay un lazo de similitud entre el tipo de lenguaje que llamamos ciencia y ese otro que llamamos ética y política, ambos proceden de la misma tradición occidental.

Por otro lado, Lyotard permite ver cómo la ciencia se ha convertido en la forma de legitimación de los relatos y metarrelatos en la sociedad postmoderna, ya que pone en duda la producción de los saberes científicos. Estos se han llegado a establecer como una especie de discurso de legitimación por parte de quien promueve las ciencias: “el estado puede gastar mucho para que la ciencia pueda presentarse como epopeya, a través de ella se hace creíble, crea el asentimiento publico del que sus propios decididores tienen necesidad”​, señalando que incluso los saberes se han transformado en objeto de uso y objeto de cambio con la finalidad de ser consumidos y valorados de una forma especifica. Así pues, dentro del vigente estatuto del saber científico, Lyotard asegura que la cuestión de la doble legitimación lejos de diluirse, se plantea con mayor vigor. De esta forma, saber y poder son las dos caras de una misma moneda: «¿Quién decide lo que es saber, y quién sabe lo que conviene decidir? La cuestión del saber en la edad de la informática es más que nunca la cuestión del gobierno».

Según Lyotard, no interesa tanto la verdad como la eficacia de la información. Por eso la ciencia y el derecho en las sociedades postindustriales se legitiman por su eficiencia, y todo sistema queda regulado por la optimización de sus actuaciones. Así, se pierden los saberes unificantes y aparece un tipo de saber fragmentario, una explosión de pequeños sistemas que nadan en el eclecticismo y que caracterizan lo que él mismo llamó «una época helada de apabullante postmodernismo», en la que se diluyen todas las utopías del siglo XX. Como medio de conseguir que en el seno de esta heterogeneidad de saberes se produzca una conciliación y se establezcan lazos de comunicación entre las diferencias, Lyotard repara en la relevancia del papel que los juegos de lenguaje desempeñan a la hora de garantizar la existencia de una sociedad consolidada.

El colapso de la “gran narrativa” y el valor de los “juegos del lenguaje”

En “La condición postmoderna: informe sobre el saber” (La Condition postmoderne: Rapport sur le savoir) (1979), propone lo que él llama una simplificación extrema del pensamiento «postmoderno» como una «incredulidad hacia las meta-narrativas». Estas meta-narrativas, consideradas como “grandes narraciones”, son grandes teorías sobre el mundo: el progreso de la historia, la cognoscibilidad de todo por la ciencia y la posibilidad de una libertad absoluta. Lyotard sostiene que hemos dejado de creer que narrativas de este tipo son adecuadas para representar y contener a todos. Él señala que nadie parece estar de acuerdo en lo que es real (si es que algo lo es) y cada uno tiene su propia perspectiva y la historia. Nos hemos puesto hecho sensibles a la diferencia, a la diversidad, a la incompatibilidad de nuestras aspiraciones, creencias y deseos, y por eso la posmodernidad se caracteriza por una abundancia de micro-narrativas. Para este concepto, Lyotard se basa en la noción de «juegos de lenguaje» que se encuentra en la obra de Ludwig Wittgenstein.

En las obras de Lyotard, el término «juegos de lenguaje», a veces también llamado «regímenes de frase», denota la multiplicidad de comunidades de significado, los innumerables e inconmensurables sistemas separados en los que se producen significados y se crean reglas para su circulación. Esto implica, por ejemplo, una incredulidad hacia la meta-narrativa de la emancipación humana. Es decir, la historia de cómo la raza humana se ha liberado, la cual reúne el juego del lenguaje científico, del lenguaje de los conflictos históricos humanos y de las cualidades humanas en la justificación general del desarrollo constante de los seres humanos en términos de riqueza y bienestar moral. Según esta meta narrativa, la justificación de la ciencia está relacionada con la riqueza y la educación. El desarrollo de la historia es visto como un progreso constante hacia la civilización o el bienestar moral.

El juego de lenguaje de las pasiones humanas, cualidades y culpas es visto como un cambio constante en favor de nuestras cualidades, mientras que la ciencia y los desarrollos históricos nos ayudan a conquistar nuestras culpas en favor de nuestras cualidades. El punto es que cualquier acontecimiento debe ser capaz de ser entendido en términos de las justificaciones de esta meta-narrativa; cualquier cosa que suceda puede entenderse y juzgarse según el discurso de la emancipación humana. Por ejemplo, para cualquier nueva revolución social, política o científica podríamos hacer la pregunta: «¿Es esta revolución un paso hacia el mayor bienestar del conjunto de seres humanos?» Para Lyotard debería ser posible siempre responder a esta pregunta en términos de las reglas de justificación de la metanarrativa de la emancipación humana.

Esto se vuelve más crucial en Au juste: Conversations (1979) y Le Différend (La Diferencia) (1983), que desarrollan una teoría postmoderna de la justicia. Podría parecer que la atomización de los seres humanos que implica la noción de la micro-narración y el juego del lenguaje sugieren un colapso de la ética. Se ha pensado a menudo que la universalidad es una condición para que algo sea una declaración ética apropiada: «no robarás» es una declaración ética en una manera que «no robarás a Margaret» no lo es. Este último es demasiado particular para ser una declaración ética, puesto que cabe preguntarse ¿qué tiene de especial Margaret?. Sólo es ético si se basa en una declaración universal: «no robarás a nadie». Sin embargo, los universales son inadmisibles en un mundo que ha perdido la fe en las meta-narrativas, por lo cual parecería que la ética es imposible. La justicia y la injusticia sólo pueden ser términos dentro de los juegos de lenguaje, y la universalidad de la ética quedaría fuera.

Lyotard sostiene que las nociones de justicia e injusticia permanecen de hecho en el postmodernismo. La nueva definición de injusticia es usar las reglas del lenguaje de un «régimen de frases» y aplicarlas a otro. El comportamiento ético consiste en permanecer alerta precisamente ante la amenaza de esta injusticia, en prestar atención a las cosas en su particularidad y no encerrarlas dentro de la conceptualidad abstracta. Uno debe dar testimonio de lo «differend». En otro caso, hay un conflicto entre dos partes que no se puede resolver de manera justa. Sin embargo, el acto de ser capaz de unir las dos y comprender las reclamaciones de ambas partes, es el primer paso hacia la búsqueda de una solución.

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