La amarga vida de las hijas de Marx

Fuente: Diario El País España JOSÉ OVEJERO 20 NOV 2018

https://elpais.com/elpais/2018/11/09/eps/1541778249_396721.amp.html

Marx
Karl Marx (derecha) y Friedrich Engels, junto a las hijas del primero. De izquierda a derecha, Jenny, Laura y Eleanor. MARKA / UIG / GETTY IMAGES

Jenny murió joven. Laura y Eleanor se suicidaron. Vivieron a la sombra de los hombres, sin duda en un siglo equivocado

ÉRASE UNA VEZ vez tres hermanas, las únicas que llegaron a la edad adulta de los siete hijos que tuvieron sus padres. Érase tres hermanas, Jenny, Laura y Eleanor. La primera murió de cáncer a los 38 años, las otras dos se suicidaron; Laura junto con su marido, Paul Lafargue, uno de los introductores del marxismo en España y autor del famoso El derecho a la pereza. La pareja había llegado a la conclusión de que la vida no merecía la pena a partir de esa edad en la que no puedes disfrutar de los placeres de la existencia y te conviertes en una carga para los demás. La más joven, Eleanor, se envenenó a los 43 quizá asqueada y descorazonada por los engaños de su compañero, el socialista Edward Aveling, a quien había cuidado durante una larga enfermedad, aunque sabía de sus infidelidades. Al parecer no pudo soportar el descubrimiento de que Aveling se había casado en secreto con una amante.

Todas ellas atravesaron etapas de auténtica miseria —no solo en la infancia— y de persecución política. Las tres se casaron o vivieron con activistas de izquierda. Pero el interés de estas tres hermanas no se debe solo ni principalmente a sus vicisitudes personales, sino a su contribución al desarrollo del movimiento obrero y a su trabajo intelectual.

Un detalle revelador sobre Jenny: al cumplir 13 años su hermana Laura le regaló un diario y, en lugar de dedicarlo a niñerías, se puso a escribir un ensayo sobre la historia de Grecia. En 1870 publicó varios artícu­los sobre el tratamiento dado a los presos políticos irlandeses, otro sobre los abusos de la policía francesa cuando fue detenida junto a su hermana Eleanor; también fue secretaria de su padre en la Asociación Internacional de Trabajadores.

Laura tuvo una vida particu­larmente difícil, atravesando etapas de depresión quizá debido a la muerte temprana de sus tres hijos. Acuciada por la pobreza, trabajó de profesora de idiomas y acompañó a su marido por varios países huyendo de la policía y colaborando con los movimientos socialistas. Esta mujer, que había ayudado a su padre investigando para él, escribió artículos políticos (sobre el socialismo en Francia, por ejemplo), pero no llegó a tener una obra notable, siempre a la sombra de dos hombres: su padre y su marido.

Eleanor, que había querido ser actriz, fue la más intelectual de las tres: escribió numerosos artículos, algunos interpretativos de la obra de su padre, otros sobre diferentes temas de importancia política y ­social: uno de los más interesantes es el que escribe sobre la situación de las mujeres, tiranizadas por el capitalismo y por los hombres; consideraba que la llegada del socialismo las haría libres e iguales a los varones. Mujer políglota, fue una dura crítica del colonialismo y una apasionada defensora de la escolarización obligatoria.

Las tres, hijas de Karl Marx y Jenny von Westpahlen, sentían adoración por el padre. La madre, igual que ellas, quedaría oscurecida y relegada en un mundo de hombres. Socialismo y feminismo no eran ni mucho menos equivalentes.

Ahora que se acerca el final de los festejos del segundo centenario del nacimiento de Karl Marx (con sus magníficas exposiciones en su ciudad natal, Tréveris, con congresos y celebraciones en su honor), es un buen momento para recordar a estas tres hermanas que, en una época más igualitaria, habrían ­destacado en la vida política e intelectual de cualquier país y no serían citadas casi exclusivamente como apéndices de los hombres que ­tuvieron cerca. 

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La entrevista de Guayaquil y el retiro de San Martín de la vida pública


Fuente: Felipe Pigna, Los mitos de la historia argentina 2, Buenos Aires, Planeta, 2005, 54-57.
https://www.elhistoriador.com.ar/la-entrevista-de-guayaquil-y-el-retiro-de-san-martin-de-la-vida-publica/

La situación del Perú era complicada. Los realistas no habían sido derrotados del todo y se estaban reorganizando. Por diferencias políticas con San Martín y en reclamo de sueldos atrasados, Thomas Cochrane –llamado por el Libertador “el Lord Filibustero”– se retiró de Lima con la escuadra y una importante suma de los caudales públicos. Como si esto fuera poco, comenzaban a advertirse signos de descontento entre la población, que no estaba de acuerdo con las ideas monárquicas de San Martín.

Como vimos, el Libertador pidió ayuda al Río de la Plata. Los caudillos litorales, López y Ramírez, y el gobernador de Córdoba, Juan Bautista Bustos, se mostraron dispuestos a colaborar, pero el gobierno de Buenos Aires, el único en condiciones de financiar la operación, le negó toda clase de apoyo. Sólo le quedaba un recurso: unir sus fuerzas con las del otro libertador, el venezolano Simón Bolívar.

San Martín tenía cifrada sus esperanzas en la reunión cumbre. En vísperas de Guayaquil, al delegar el mando del gobierno peruano, expresó: “voy a encontrar en Guayaquil al libertador de Colombia; los intereses generales de ambos Estados, la enérgica terminación de la guerra que sostenemos y la estabilidad del destino a que con rapidez se acerca la América, hacen nuestra entrevista necesaria. El orden de los acontecimientos nos ha constituido en alto grado responsables del éxito de esta sublime empresa”.1

La famosa entrevista de Guayaquil (Ecuador) se realizó los días 26 y 27 de julio de 1822. Entre San Martín y Bolívar había diferencias políticas y militares. Se ha pretendido llenar de misterio la entrevista, cuando en realidad ha quedado bastante claro lo que pasó en aquellos memorables días. Básicamente había dos temas en discusión. Mientras San Martín era partidario de que cada pueblo decidiera con libertad su futuro, Bolívar, preocupado por el peligro de la anarquía, estaba interesado en controlar personalmente la evolución política de las nuevas repúblicas. El otro tema polémico era quién conduciría el nuevo ejército libertador que resultaría de la unión de las tropas comandadas por ambos. San Martín propuso que lo dirigiera Bolívar, pero éste dijo que nunca podría tener a un general de la calidad y la capacidad de San Martín como subordinado.

Esta decisión tenía mucho que ver con la enemistad manifiesta de las autoridades porteñas, que habían abandonado a su suerte al Libertador y su ejército. Como vimos, el nuevo hombre fuerte de Buenos Aires, Bernardino Rivadavia, viejo enemigo de San Martín, había dado por concluida la campaña libertadora. Claro que para algunos suena mejor hablar de “misterio” antes que admitir que el Estado argentino –entonces en manos del “más grande hombre civil de la Argentina”, al decir de Mitre– había tomado la férrea decisión de destruir a San Martín, abandonándolo y quitándole toda capacidad de negociación y todo apoyo militar para terminar su gloriosa campaña. El general argentino tuvo que tomar entonces la drástica decisión de retirarse de todos sus cargos, dejarle sus tropas a Bolívar y regresar a su país.

Así se sinceraba en una carta a O’Higgins: “Usted me reconvendrá por no concluir la obra empezada. Usted tiene mucha razón; pero más tengo yo. Créame, amigo, ya estoy cansado de que me llamen tirano, que en todas partes quiero ser rey, emperador y hasta demonio. Por otra parte mi salud está muy deteriorada: el temperamento de este país me lleva a la tumba; en fin, mi juventud fue sacrificada al servicio de los españoles y mi edad media al de mi patria. Creo que tengo el derecho de disponer de mi vejez”.2

Tras la entrevista de Guayaquil, San Martín regresó a Lima y renunció a su cargo de Protector del Perú en estos términos: “Presencié la declaración de la independencia de los Estados de Chile y el Perú: existe en mi poder el estandarte que trajo Pizarro para esclavizar el imperio de los Incas, y he dejado de ser hombre público; he aquí recompensados con usura diez años de revolución y guerra. Mis promesas para con los pueblos en que he hecho la guerra están cumplidas: hacer su independencia y dejar a su voluntad la elección de sus gobiernos; por otra parte, ya estoy aburrido de oír decir que quiero hacerme soberano. Sin embargo siempre estaré pronto a hacer el último sacrificio por la libertad del país, pero en clase de simple particular y no más”.3

Partió rumbo a Chile, donde permaneció hasta enero de 1823, cuando se trasladó a Mendoza. Desde allí pidió autorización para entrar en Buenos Aires y ver a su esposa que estaba gravemente enferma. Cuenta su compañero del Ejército de los Andes, Manuel de Olazábal, que al enterarse de que su querido jefe partía hacia Buenos Aires, decidió salir a su encuentro y acompañarlo.

San Martín conocía perfectamente los efectos que había producido entre la clase dirigente porteña su negativa a participar en la represión interna. Unos años antes, el representante chileno en Buenos Aires, Miguel José de Zañartú, ya le advertía a O’Higgins: “Todos abominan de San Martín y no ven en él más que un enemigo de la sociedad desde que se ha resistido a tomar parte en las guerras civiles y ha impedido la marcha de sus tropas. A él atribuyen la sublevación de los pueblos y si se aumentan las desgracias de este país, creo que lo quemarán en estatua”.4

Rivadavia le negó el permiso argumentando que no estaban dadas las condiciones de seguridad para que entrase a la ciudad. En realidad, el ministro temía que el general se pusiese en contacto con los federales del Litoral y que, con su prestigio, diera un vuelco absoluto a la política local.

El gobernador de Santa Fe, Estanislao López, le envió una carta al Libertador, advirtiéndole que el gobierno de Buenos Aires esperaba su llegada para someterlo a un juicio por haber desobedecido las órdenes de reprimir a los federales. Incluso le ofrecía marchar con sus tropas sobre Buenos Aires si se producía tan absurdo e injusto juicio: “Para evitar este escándalo inaudito y en manifestación de mi gratitud y del pueblo que presido, por haberse negado V.E. tan patrióticamente en 1820 a concurrir a derramar sangre de hermanos con los cuerpos del Ejército de los Andes, que se hallaban en la provincia de Cuyo, siento el honor de asegurar a V.E. que, a su solo aviso, estaré con la provincia en masa a esperar a V.E. en El Desmochado, para llevarlo a triunfo hasta la Plaza de la Victoria. Si V.E. no aceptase esto, fácil me será hacerlo conducir con toda seguridad por Entre Ríos hasta Montevideo”.5

El general le agradeció a López su advertencia y declinó su ofrecimiento para evitar “más derramamiento de sangre”. Ante el agravamiento de la salud de Remedios, pese a las amenazas, San Martín decidió viajar igual a Buenos Aires pero lamentablemente llegó tarde: su esposa ya había muerto sin que él pudiera compartir al menos sus últimos momentos. En el Cementerio del Norte hizo colocar una lápida de mármol en la que grabó su frase imperecedera: “Aquí descansa Remedios de Escalada, esposa y amiga del general San Martín”.

Difamado y amenazado por el gobierno unitario, San Martín decidió abandonar el país en compañía de su pequeña hija Mercedes, rumbo a Europa.

Referencias:
Arturo Capdevila, El pensamiento vivo de San Martín, Buenos Aires, Losada, 1945
José de San Martín, Epistolario secreto de San Martín, Buenos Aires, Jackson, 1947.
Comisión del Centenario, Tomo X, p. 356.
Carta de Zañartú a O’Higgins, Buenos Aires, 5 de febrero de 1820, en Archivo Nacional, Archivo de don Bernardo O’Higgins, Santiago de Chile, Imprenta Universitaria, 1949-1951, t. VI, pág. 193. Citado por Patricia Pasquali, San Martín, la fuerza de la misión y la soledad de la gloria, Buenos Aires, Emecé, 2004.
Capdevila, obra citada.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar

Trajano: el origen de un emperador hispano

Marco Ulpio Trajano nació el 18 de septiembre del año 53 en el seno de una familia de ascendencia indígena, en la antigua ciudad romana de Itálica, en Hispania

Fuente: National Geographic España https://www.nationalgeographic.com.es/historia/actualidad/trajano-nacio-en-italica-hace-1960-anos_7619

Emperador Trajano

Marco Ulpio Trajano fue el primer emperador de origen provincial y, según Dión Casio y Herodiano, era un alloethnés y un externus: un hombre de otra raza y un extranjero. Trajano nació el 18 de septiembre del año 53 -aunque la fecha podría no ser exacta- en una antigua ciudad romana situada en la Bética, la provincia romana que comprendía la mayor parte del territorio de la actual Andalucía.

La familia de Trajano era de ascendencia indígena, parece ser que era natural de la región de Turdetania, posteriormente denominada Bética, cuando fue conquistada por Roma. Se cree que el linaje turdetano de los Trahii, o Traii, se integró en Itálicapoco después de la fundación de la ciudad por los romanos en 205 a.C. La antigua Itálica corresponde al actual término municipal de Santiponce, en la provincia deSevilla, donde probablemente también nació Adriano. Trajano estaba emparentado, además, con los Ulpios, un linaje italiota que residía en Itálica en 143 a.C. Tal vez gracias al enlace con los Ulpios y a la fortuna heredada, el padre de Trajano se trasladó a Roma poco después del nacimiento de su hijo, donde no tardó en ser nombrado senador.

Modesto pero autoritario

En el año 96 d.C., el reinado de Domiciano, tachado de cruel y despiadado, había terminado con una serie de conspiraciones, persecuciones y asesinatos, incluido el del propio emperador, el 18 de septiembre de ese mismo año. El Senado, principal víctima de aquel gobierno, llevó al trono al anciano Nerva, quien antes de su muerte, acaecida en enero de 98, adoptó a Trajano y y le concedió el título de emperador. Éste ascendió al trono imperial gracias a sus méritos personales, demostrados en la defensa de la frontera germana.

Trajano, que tenía alma de soldado, fue un emperador modesto pero autoritario, no aceptó que se erigieran grandes estatuas en su honor, pero por otro lado, tras su victoria en la campaña de Dacia, trajo a Roma miles de kilos de oro y plata, con lo que pudo financiar la construcción de su colosal foro en la capital. Tras la ocupación del reino nabateo dio al Imperio romano la mayor extensión jamás alcanzada.

Antonio Machado, el poeta de la Generación del 98

Fuente: 27/7/2019 Antonio Machado, el poeta de la Generación del 98 https://www.muyhistoria.es/contemporanea/articulo/antonio-machado-el-poeta-de-la-generacion-del-98-871487588987 3/8

Tenía 61 años cuando decidió no abandonar España al inicio de la Guerra Civil, a diferencia de lo que hicieron Ramón Menéndez Pidal, Azorín, Pío Baroja, José Ortega y Gasset, Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas, Ramón Pérez de Ayala y otros. Quiso permanecer en el domicilio familiar de Madrid como gesto de apoyo a la legalidad republicana. Pero en noviembre de 1936 se presentaron León Felipe y Rafael Alberti en casa de Machado para rogarle que aceptase la evacuación a Valencia, ante la amenaza de bombardeos y el asedio sobre la capital por parte de los sublevados.

De entrada se negó a abandonar Madrid, fue precisa una segunda visita para convencerle. Finalmente el 24 de noviembre dejó Madrid por Valencia, donde permaneció con su familia hasta finales de abril de 1938 en que fue evacuado de nuevo, esta vez a Barcelona, al igual que el gobierno de la República. Primero se alojó en el hotel Majestic del Paseo de Gracia, convertido en residencia de invitados y corresponsales extranjeros. El ajetreo del céntrico establecimiento aconsejó trasladar a Machado y su familia al cabo de un mes en la Torre Castanyer, en el Paseo de San Gervasio n.º 21, un palacete incautado al vizconde de Güell. El hecho de no saberse de ninguna salida de Machado de la Torre Castanyer durante los once meses de estancia en Barcelona trasluce su delicado estado de salud y el cariz que la Guerra Civil había empezado a tomar en el ánimo de todos.

El domingo 22 de enero de 1939, Machado abandonó Barcelona en dirección a la frontera francesa, igual que todos los mandatarios republicanos y cientos de refugiados. El consulado de la República española en Perpiñán ofreció a Machado la ayuda que necesitase y le recomendó trasladarse a París, donde era esperado. El poeta, tras más de dos años bajo la protección de las autoridades republicanas, esta vez declinó la ayuda.

Sin fuerzas para continuar, decidió tomar con sus familiares y el amigo Corpus Barga un tren local hasta algún discreto lugar cercano donde dejar caer sus huesos. Se apearon indefensos bajo la lluvia, en la pequeña estación de la población francesa de Collioure, donde fue acogido por la propietaria del hotel Bougnol-Quintana. El poeta, exhausto, tan solo sobrevivió 26 días y murió el 22 de febrero. La madre falleció dos días después en la misma habitación.

Fueron enterrados en el cementerio viejo de la localidad. La tumba del poeta tiene como epitafio uno de sus versos y actualmente es visitada por admiradores y curiosos que la mantienen decorada con objetos de toda clase como muestra de cariño, entre los que nunca falta una bandera republicana. Su tumba es considerada uno de los memoriales más conocidos y transitados para el medio millón de republicanos que cruzaron la frontera hacia el exilio y con quienes el poeta quiso compartir destino hasta el final.

En vida, el poeta destacó no solo por ser el miembro más joven de la Generación del 98, sino porque demostró un gran
talento y una capacidad para mostrar el lado más intimista y sentimental de las cosas desde sus primeros poemas. Tras la
muerte de su esposa y gran amor, Leonor Izquierdo, y una vez quedó atrás la melancolía derivada por el Desastre del 98, el
estilo de Machado pasó a tener un estilo más realista plagado de precisas descripciones y tonalidades costumbristas.

Felipe el Hermoso: de conde de Flandes a Rey de Castilla

En 1505 partió de Flandes junto a su esposa Juana la Loca para hacerse cargo del gobierno de Castilla. Sin embargo, la muerte le sorprendió unos meses después sin darle tiempo para asentar un régimen que podría haber cambiado la historia de España

Fuente: Enrique Soria Mesa. Universidad de Córdoba. National Geographic España. 21 de septiembre de 2017

Felipe I de Castilla
Felipe I de CastillaApodado «el Hermoso», Felipe I de Castilla (1478 – 1506) era  yerno de Fernando el Católico, con quién no pudo evitar disputarse el trono de Castilla.Foto: Museo del Louvre
Alcázar de Segovia
Alcázar de Segovia En 1506 Felipe el Hermoso transfirió esta fortaleza al señor de Belmonte, uno de sus partidarios.Foto: Gtres
Brujas
BrujasEste importante enclave comercial de los Países Bajos, fue el lugar de nacimiento de Felipe el Hermoso en 1478. Tras su muerte en 1506, su corazón fue enviado aquí para ser enterrado. En la imagen el ayuntamiento gótico construido en 1376.Foto: Gtres
Felipe el Hermoso, Conde de Flandes, retrato del maestro de Affligem, Joseph Sequence
Felipe el Hermoso, Conde de Flandes, retrato del maestro de Affligem, Joseph Sequence Como príncipe soberano de los Países Bajos, Felipe el Hermoso era duque de Brabante, Limburgo y Luxemburgo, conde de Flandes, Hainaut, Holanda, Zelanda y Artois, y señor de Amberes y Malinas. Eran estas unas tierras de gran riqueza agrícola, manufacturera y comercial, repletas de prósperas ciudades y en las que se concentraba una nobleza que desde hacía decenios daba el tono a la vida cortesana de toda Europa. No es raro, por tanto, que Felipe mirara con cierto desapego el país del que provenía su esposa Juana, a sus ojos tan lejano como poco civilizado.En su entorno se creía que “los reyes españoles van vestidos como campesinos, con trajes pesados y sin forma, anticuados y descuidados”. El primer viaje de Felipe a España le hizo cambiar su impresión, y a la muerte de Isabel la Católica se lanzó sin pudor a la conquista de su nuevo reino.
Monasterio de San Juan de los Reyes, en Toledo.
Monasterio de San Juan de los Reyes, en Toledo.Fue construido por los Reyes Católicos en 1476. En la Catedral de Toledo, Felipe y Juana fueron proclamados herederos de la corona de Castilla en 1503.Foto: Toledo Monumental
La infanta Juana de Castilla, retrato del maestro de Affligem, Joseph Sequence
La infanta Juana de Castilla, retrato del maestro de Affligem, Joseph SequenceLas relaciones de Castilla con Flandes se remontaban al menos al siglo XIV, cuando la lana castellana sustituyó a la inglesa como fuente principal de abastecimiento de la industria textil flamenca. A ello siguió la influencia cultural de los Países Bajos en la Península, en el dominio de las artes o la religión. Con todo, Juana de Castilla sufrió un fuerte impacto a su llegada a Flandes en 1496.La riqueza de las ciudades, la suntuosidad de los vestidos, la misma libertad de costumbres de la corte, contrastaban con la austeridad en la que había sido educada por su madre Isabel. En una ocasión, por ejemplo, cuando su marido quiso besarla en público en la mejilla, según la moda francesa, ella se retiró con un gesto de repugnancia. Pero más tarde, cuando quisieron retenerla en España para que diera a luz mientras Felipe volvía a Flandes, Juana no cejó hasta volver al que consideraba su hogar.
Felipe el Hermoso Retrato atribuido a Juan de Flandes, Siglo XV
Felipe el Hermoso Retrato atribuido a Juan de Flandes, Siglo XVPese a la leyenda de príncipe codicioso y marido insensible, Felipe el Hermoso dejó buen recuerdo en muchas de las personas que lo trataron. Así lo recoge el cronista Lorenzo de Padilla en la semblanza que trazó del soberano unas décadas después de su muerte. Naturalmente, Padilla destacaba en primer lugar su apostura: Felipe era “de alta estatura y abultado. Tenía muy gentil rostro, hermosos ojos y tiernos, la dentadura algo estragada, muy blanco y rojo. Las manos por excelencia largas y albas y las uñas más lindas que se vieron a persona”.El vigor físico era otro rasgo visible. Según Padilla, Felipe era “muy diestro en todos los ejercicios de las armas, así con ballesta como con escopeta. Cabalgaba muy bien a caballo a todas sillas. Era muy buen justador, jugaba a todos juegos de pasatiempos y era más aficionado a la pelota que a otro ninguno”. Eso sí, sufría un enojoso problema en una pierna: “En su andar mostraba sentimiento algunas veces por causa que se le salía la chueca -rótula- de la rodilla, la cual él mismo con la mano arrimándose a una pared la volvía a meter en su lugar”.Pero el príncipe flamenco sobresalía aún más, a juicio de Padilla, por su delicadeza de carácter. “Era muy amigo de sus criados –escribía– y muy afable a todos. Era templado en su comer y beber”. Y aunque reconoce su afición al galanteo, el cronista afirma que el rey sintió verdadero afecto por su esposa. “Quiso mucho a la reina; sufríale mucho y encubría todo lo que podía las faltas que de ella sentía acerca del gobernar”.Foto: Museo de Historia del Arte, Viena
Contrato matrimonial entre Juana y Felipe el Hermoso, 1495.
Contrato matrimonial entre Juana y Felipe el Hermoso, 1495.El enlace entre Felipe el Hermoso y Juana la Loca dio lugar a una suerte de encuentro de culturas. Los prejuicios y las sorpresas iniciales dejaron paso a una convivencia que se consolidaría bajo el reinado del emperador Carlos V.Foto: Archivo General de Simancas
140 Juana 4. Doña Juana "la Loca",1877, de Francisco Pradilla y Ortiz. Museo del Prado, Madrid.
Doña Juana «la Loca»,1877, de Francisco Pradilla y Ortiz. Museo del Prado, Madrid.Sobre las extrañas circunstancias en que se produjo la muerte del rey Felipe el Hermoso, en Burgos, contamos con algunos testimonios de la época. El 23 de septiembre de 1506, estando presente el prestigioso doctor De la Parra, el estado del enfermo revestía enorme gravedad. Así se nos cuenta: “Por la noche empezó a tener gran dolor en los costados, escupiendo sangre al amanecer, mientras empezaban a salirle manchas pequeñas, entre coloradas y negras, que los doctores llaman blatas, y que se extendieron por todo su cuerpo. Una gran infección se extendió por la lengua y paladar, inflamándose la úvula, perdiendo a ratos los sentidos y sobreviniéndole al tiempo terribles calenturas y largos estados de frío… El miércoles le sobrevino un frío aún más riguroso y después un sudor caliente harto copioso en todo el cuerpo, quedando como alienado y con sueño”.El historiador zurita, por su parte, nos cuenta: “considerando las cosas que habían precedido y la naturaleza de la dolencia que le acabó la vida tan arrebatadamente, no se dejó de tener alguna sospecha que le hubiesen dado ponzoña, pero de esta opinión salieron los mismos flamencos sus servidores en cuyo poder estaba. Porque los físicos [médicos] que él traía… descubrieron la causa de su enfermedad, y se entendió haberle sobrevenido de demasiado ejercicio y de una reuma, de donde se encendió la fiebre de que muchos morían en el mismo tiempo en aquella ciudad”.

Felipe el Hermoso: de conde de Flandes a Rey de Castilla

Pocos personajes han sido tratados tan injustamente por los historiadores españoles de todos los tiempos como Felipe el Hermoso. La figura de este rey joven y apuesto, pero que durante su breve reinado fue visto ante todo como un extranjero, se ha convertido en poco más que un apéndice de algunos de sus más inmediatos parientes. Así, lo poco que se suele referir de él está siempre condicionado a la biografía de sus suegros Isabel y Fernando, los Reyes Católicos; a la de su padre, el emperador Maximiliano; o a la de su hijo, el emperador Carlos V. Y más que a ninguna otra, a la singular y llamativa personalidad de su esposa, Juana la Loca.

Sin embargo, y aunque su vida fue terriblemente fugaz, ya que murió cuando tenía tan sólo 28 años, es imposible dejar de lado a un personaje que ostentó los títulos más elevados de la Europa de su tiempo: archiduque de Austria heredero del Sacro Imperio Romano Germánicoconde soberano de Borgoña y Flandes; y sobre todo, por lo que aquí nos interesa, rey de Castilla y León, introductor en España de la gloriosa dinastía de los Habsburgo, que sería continuada al poco por su hijo Carlos, entronizado en 1517.

Nacido en 1478 en la floreciente ciudad de Brujas, el príncipe Felipe fue hijo de Maximiliano de Habsburgo, entonces archiduque de Austria –sucedería a su padre en la dignidad imperial en 1493–, y de su esposa María de Borgoña, condesa de Flandes y de Borgoña, señora de amplísimos territorios en la zona que hoy corresponde a BélgicaHolanda, Luxemburgo y el norte de Francia. Hija única del ambicioso duque Carlos el Temerario, muerto en 1477, María consiguió mantener el legado de su linaje, excepto el ducado de Borgoña, que fue confiscado por el rey galo Luis XI.

Pese a una vida terriblemente fugaz, Felipe II ostentó los títulos más elevados de la Europa de su tiempo

A la muerte prematura de su madre en 1482, Felipe se convirtió en soberano de todos estos estados, aunque la regencia quedó inicialmente en manos de su padre Maximiliano. No obstante, en cuanto alcanzó el poder efectivo Felipe dio un giro copernicano a la orientación diplomática tradicional de su casa, buscando una alianza con el vecino francés. Esta francofilia, que le acompañaría toda su corta vida, terminó por enfrentarlo con su propio padre, y mucho más con Fernando el Católico, su futuro suegro, ya que Francia se había convertido desde finales del siglo XV en el más encarnizado rival de los reyes de España.

Al mismo tiempo, Felipe, como conde soberano de Flandes y duque de Borgoña, desarrolló una importante labor en el terreno institucional, impulsando una serie de reformas administrativas de gran trascendencia, como la creación del Gran Consejo de Malinas y la reorganización de las finanzas locales. Hay que reconocer que Felipe el Hermoso fue ante todo un soberano borgoñón y centró sus ambiciones políticas en estos complejos y ricos territorios. Ni siquiera su compromiso y posterior boda con Juana, la hija de los Reyes Católicos, cambió su perspectiva política.

Una boda de estado

El enlace español de Felipe fue el resultado del complejo juego diplomático al que se libraron las monarquías europeas de finales del siglo XV. En ese momento, el equilibrio entre los grandes estados de Occidente estaba a punto de cambiar para siempre. Las desmesuradas aspiraciones del nuevo soberano francés, Carlos VIII, amenazaban Italia, auténtico centro económico, cultural y político de la época. Y la monarquía española, unificada desde 1479 bajo la égida de los Reyes Católicos, no podía permitirlo, ya que entre otras cosas la presencia francesa en Nápoles, objetivo de la expedición militar gala de 1494, amenazaba seriamente la isla de Sicilia, dominio aragonés desde hacía siglos.

En esta tesitura, los Reyes Católicos diseñaron una ambiciosa política matrimonial encaminada a reforzar sus nuevas alianzas internacionales y controlar el peligro francés. Como peones de esta política, tal y como era habitual en la época, utilizaron a sus numerosos vástagos. Dos casamientos con Portugal e Inglaterra cerraron el frente oeste, mientras que otros tantos matrimonios los unieron, y de qué forma, con la dinastía alemana de los Habsburgo. El hijo mayor y heredero, Juan, príncipe de Asturias, se desposó con Margarita de Austria, hija del emperador Maximiliano, mientras que el hermano de ésta, Felipe el Hermoso, lo hizo con Juana, un año menor que él.

Este doble enlace no tenía otro objetivo que el de estrechar de forma indisoluble la alianza hispanoaus-tríaca contra Francia, pero por los azares biológicos se transformó en el germen de un nuevo y enorme imperio. En efecto, en 1498 murió sin dejar descendencia el príncipe heredero Juan, y dos años después falleció su sobrino Miguel, hijo de la infanta Isabel –fallecida también poco antes– y de Manuel I de Portugal. De este modo Juana pasaba a ser, automáticamente, princesa de Asturias y heredera al trono. Y con ella, su marido Felipe. Con la particularidad de que la herencia hispana y borgoñona quedaban ahora unidas en una sola línea dinástica, encarnada en el hijo de ambos, el futuro Carlos V.

Los celos de la princesa

El compromiso matrimonial entre Felipe y Juana se concertó en 1495. Al año siguiente, la infanta se embarcó en Laredo rumbo a Flandes, donde se habría de desposar el 20 de octubre con su prometido. Parece que los primeros años de vida en pareja fueron bastante felices, o eso nos indican los documentos y las crónicas coetáneas. Lo cierto es que ambos cónyuges tuvieron una larga descendencia, dos varones y cuatro mujeres, lo que al menos indica cierto grado de entendimiento. Pero la armonía conyugal se rompió pronto, tanto por la conducta a menudo extravagante de la infanta española, que anunciaba un futuro deslizamiento hacia la locura, como por la afición desmedida de Felipe por las aventuras galantes, algo que atormentaba de manera insoportable a su celosa esposa.

Lo extraño no es que Felipe el Hermoso tuviera relaciones, más o menos discretas, con damas de la nobleza, y menos considerando la tradición de los duques de Borgoña y de los emperadores Habsburgo, quienes sembraron de ilustres bastardos sus tierras de origen. Lo raro, en una época en la que la dominación masculina era incuestionable, es que la reina sintiese tales celos hasta llevarla al borde de la locura y escandalizar a la corte en pleno, que observaba atónita sus salidas de tono. En los primeros años Juana sufrió ya ataques de histeria y se aisló cada vez más de la corte borgoñona, pero la situación se agravó aún más a la vuelta del primer viaje que los dos príncipes hicieron a España en 1502, para ser reconocidos como herederos en Castilla y Aragón. Así, hallándose en Bruselas, al descubrir que su marido tenía una amante, Juana quiso herirla con unas tijeras en la cara, antes de ser frenada por los cortesanos. Ya entonces Felipe consideró la posibilidad de enclaustrar a su mujer.

Felipe provocó el enfrentamiento directo con su suegro, el rey Fernando el Católico.

La muerte de Isabel la Católica en 1504 y la consiguiente elevación de Juana y Felipe al trono de Castilla obligaron a disimular la situación. Había demasiado en juego como para ponerlo en peligro por unas simples desavenencias conyugales, aun cuando la infeliz soberana sufriera infinitamente el desamor de su marido. Felipe, residiendo aún en Flandes, quiso asegurarse el apoyo de los sectores más influyentes de Castilla, lo que provocó un enfrentamiento directo con su suegro, el rey Fernando el Católico. Éste, por su parte, intentaba escudarse en la locura de su hija para negarle el derecho a gobernar y mantenerse así él mismo en el poder. La rivalidad llegó a tal extremo que en 1505 Fernando el Católico se alió con su enemigo de antaño, Francia, y se casó de nuevo, esta vez con una sobrina del rey francés Luis XII, llamada Germana de Foix. Su objetivo no era otro que buscar nuevos aliados y, a ser posible, tener un hijo varón, quien hubiese heredado la Corona de Aragón y sus dominios italianos, segregándolos de Castilla y Flandes.

En noviembre de 1505 ambas partes llegaron formalmente a un acuerdo -la concordia de Salamanca– para repartirse de forma amistosa el poder en España. Pero la realidad era que ninguno pensaba en cumplir tales condiciones, y menos que nadie Felipe, que se sentía con muchas más fuerzas que su suegro. Así las cosas, en enero de 1506 los flamantes reyes de España embarcaron en Flandes rumbo a la Península, viaje enormemente accidentado que casi les costó la vida, ya que estuvieron a punto de naufragar frente a las costas inglesas.

El desembarco de la flota se produjo finalmente en La Coruña, región controlada por uno de los principales partidarios de Felipe, don Rodrigo de Castro Osorio, conde de Lemos. A medida que la comitiva regia avanzaba hacia el interior de Castilla, se le iban sumando nuevas e interesadas adhesiones, tanto de la nobleza como de las principales ciudades. De esta forma, fueron acudiendo el conde de Benavente, el marqués de Villena o el duque de Nájera, entre otras muchas familias nobles, junto con antiguos colaboradores de los Reyes Católicos que en la nueva coyuntura abandonaban sin pudor alguno al viejo rey.

La clave de la victoria de los nuevos monarcas en este juego de poder residió en el apoyo mayoritario que recibieron de la alta nobleza castellana, que cambió de bando con una rapidez asombrosa. Estaba claro que los años de riguroso gobierno de los Reyes Católicos no habían conseguido domeñar del todo las ansias de poder de la aristocracia y, salvo algún puñado de linajes que permanecieron fieles a Fernando, casi todos respaldaron al flamante rey, ofreciéndole sus ejércitos privados y sus recursos políticos y económicos. Era el momento de liberarse del control que habían sufrido por parte de una monarquía mucho más poderosa y centralizada de lo que estaban dispuestos a soportar.

Amo y señor de castilla

La hora de Fernando el Católico parecía pasada, y así hubo de reconocerlo el soberano aragonés al suscribir, tras una entrevista con su yerno, la concordia de Villafáfila, por la que aceptaba retirarse a sus territorios aragoneses. El nuevo Felipe I de Castilla dejó enseguida a las claras que no iba a ser un mero rey consorte, sino que ejercería un mando personal. Para esa tarea se apoyó en dos facciones claramente diferenciadas: por un lado, sus consejeros castellanos que le habían servido en Flandes desde hacía años, unidos a algunos de los aristócratas locales que se habían pasado a su bando –entre los que destacaba don Juan Manuel, señor de Belmonte, su hombre de mayor confianza–; por el otro, un reducido pero codicioso grupo de notables flamencos, venidos con el nuevo rey, los cuales se lanzaron a acumular oficios, mercedes y rentas.

La hora de Fernando el Católico parecía pasada, y así hubo de reconocerlo el soberano aragonés

Uno de los grupos de presión que más esperanzas puso en la llegada de un nuevo monarca fue, curiosamente, el de los judeoconversos, quienes vieron en Felipe I un posible e inesperado aliado contra la persecución de la Inquisición, que desde hacía casi tres décadas estaba diezmando sus filas. Muchos de los más poderosos comerciantes, banqueros y aun miembros de las élites urbanas de esta minoría se dirigieron al soberano a fin de que disolviera el tribunal del Santo Oficio, o al menos moderase su rigor contra los supuestos judaizantes. Lo breve de su reinado impidió que Felipe tomara medidas drásticas en este sentido, pero es posible que el rumbo de la Inquisición hubiera sido diferente si el rey hubiera vivido más tiempo.

Una de las primeras tareas de gobierno del nuevo monarca fue desplazar a los partidarios de Fernando el Católico de sus posiciones, colocando al frente de las principales instituciones a sus más allegados colaboradores. Las más poderosas fortalezas del reino cambiaron totalmente de manos, empezando por el simbólico alcázar de Segovia, del que fueron expulsados los marqueses de Moya, íntimos colaboradores del régimen anterior, a favor del privado de Felipe, don Juan Manuel. Había llegado la hora del ajuste de cuentas. Mientras los aristócratas castellanos que cambiaron de bando a tiempo recibieron numerosas mercedes, los defensores de Fernando incurrieron en la ira regia. El duque de Alba, por ejemplo, se retiró a sus estados, mientras que los condes de Alba de Liste y de Cifuentes perdieron las tenencias de diversas fortalezas. Pero el más afectado de todos fue el clan de los Fonseca, todopoderoso en épocas pasadas, que vio ahora cómo todo su linaje caía en desgracia.

Mientras los aristócratas castellanos que cambiaron de bando a tiempo recibieron numerosas mercedes, los defensores de Fernando incurrieron en la ira regia.

Mucho más difícil de aceptar para la opinión pública española fue el reparto de mercedes que Felipe ordenó para agradecer los servicios de sus nobles flamencos. La rapacidad de estos cortesanos fue tal que casi nada escapó a su ansia de poder, riqueza y honores. Rentas, oficios áulicos, dignidades eclesiásticas, cargos militares, títulos… nada se libró de su voracidad y hasta el maestrazgo de la Orden de Santiago estuvo a punto de caer en sus manos. Una actitud que prefiguraba la que mostraron, una década después, los miembros flamencos de la corte del jovencísimo Carlos V a su llegada a España y que sería una de las causas desencadenantes de la rebelión de las Comunidades.

Sin embargo, esta gran mudanza habría de durar poco tiempo. En uno de los más impactantes giros de la historia española de la Edad Moderna, el rey Felipe moría con 28 años, el 25 de septiembre de 1506, de forma totalmente imprevista. Unos días antes, a comienzos de ese mismo mes, el soberano había marchado con toda la corte a Burgos. Hallándose en esta ciudad, el día 16, después de comer quiso jugar un partido de pelota con un capitán vizcaíno de su guardia “que era mucho jugador”. Durante el juego bebió un jarro de agua fría y poco después comenzó a sentirse mal. Se recuperó un tanto, pero a los pocos días enfermó gravemente y, a pesar de la intervención de los mejores médicos del reino, nada se pudo hacer para salvarlo.


Michel Foucault, el hombre que hizo filosofía a partir de la locura, la sexualidad y el crimen

Fuente: Diario El País – España

35 años después de su muerte, Michel Foucault sigue pareciéndonos uno de los pensadores esenciales de la modernidad, un ser humano de una brillantez agresiva que convirtió su biografía y sus impulsos vitales en combustible para una filosofía radical y sin concesiones. Así vivía y así pensaba este intelectual legendario.

Michel Foucault (Poitiers, Francia, 15 de octubre de 1926-París, 25 de junio de 1984) fue un filósofo, historiador de las ideas, psicólogo y teórico social francés. Fue profesor en varias universidades francesas y estadounidenses y catedrático de Historia de los sistemas de pensamiento en el Collège de France (1970-1984), en reemplazo de la cátedra de Historia del pensamiento filosófico, que ocupó hasta su muerte Jean Hyppolite. El 12 de abril de 1970, la asamblea general de profesores del Collége de France eligió a Michel Foucault, que por entonces tenía 43 años, como titular de la nueva cátedra. Su trabajo ha influido en importantes personalidades de las ciencias sociales y las humanidades.

Foucault es conocido principalmente por sus estudios críticos de las instituciones sociales, en especial la psiquiatría, la medicina, las ciencias humanas, el sistema de prisiones, así como por su trabajo sobre la historia de la sexualidad humana. Sus análisis sobre el poder y las relaciones entre poder, conocimiento y discurso han sido ampliamente debatidos. En los años sesenta, Foucault estuvo asociado al estructuralismo, un movimiento del que se distanció más adelante, aunque haya usado de un modo personal los métodos de dicho enfoque: Las palabras y las cosas puede entenderse como una crítica a la pretensión sígnica, dejando de lado su interés por las condiciones de modificación histórica del sentido.​ En ulteriores trabajos y cursos desarrolló conceptos como biopoder y biopolítica,​ de especial relevancia en la obra de pensadores políticos contemporáneos como Antonio Negri,​ Michael Hardt,3​ Giorgio Agamben y Roberto Esposito.​

Foucault rechazó las etiquetas de posestructuralista y posmoderno, que le eran aplicadas habitualmente, prefiriendo clasificar su propio pensamiento como una crítica histórica de la modernidad con raíces en Immanuel Kant. En el texto «¿Qué es la ilustración?» definió mejor su proyecto teórico como una ontología crítica de la actualidad siguiendo la impronta kantiana.

Fue influido profundamente por la filosofía alemana, en especial por la obra de Friedrich Nietzsche. Precisamente, su «genealogía del conocimiento» es una alusión directa a la idea nietzscheana de «la genealogía de la moral». En una de sus últimas entrevistas afirmaría: «Soy un nietzscheano».​ Reconocería también una deuda con el pensamiento de Martin Heidegger y sus críticas al sujeto cartesiano y la techné occidental: «Heidegger ha sido un filósofo esencial para mí», declararía en junio de 1984,6 aunque criticaría varias veces posiciones esenciales de Heidegger tales como su interpretación de la historia de la verdad en occidente como un olvido del ser.

En el año 2007 Foucault fue considerado por el The Times Higher Education Guide como el autor más citado del mundo en el ámbito de humanidades en dicho año.

En este verano europeo se cumple el 35 aniversario de la muerte de uno de los intelectuales clave del siglo XX, el francés Michel Foucault. Un hombre cuyo brillante y controvertido pensamiento tuvo un profundo impacto en los debates contemporáneos. Al recordarle a estas alturas hay que partir del desconcierto que causó Foucault en su día al asomarse tanto a la filosofía como a la historia con una mirada fresca y desmitificadora que, para empezar, no concebía la existencia de barreras conceptuales entre ambas disciplinas.

Hijo de un médico de Poitiers, Foucault (1926-1984) fue un individuo que forjó su propia identidad a partir de un rechazo beligerante al provincialismo de la educación que recibió y al conservadurismo de la Francia en que le tocó vivir. Su instinto subversivo le llevó a grandes transgresiones, pero también a intentos casi pueriles de escadalizar a sus compatriotas, como su reivindicación pública de la cultura pop estaounidense, incluida la comida rápida y la coca Cola, que describió como dos de sus grandes placeres.

Como ocurrió con Nietzsche antes que él, es difícil decir si fue Foucault, el historiador-filósofo, el que eclipsó a Foucault, el inconformista, el ser humano distinto e incómodo, o si ocurrió más bien al revés. En realidad, biografía y pensamiento se confunden, por paradójico que resulte: él, que dedicó gran parte de su producción intelectual a cuestionar con vehemencia la autoría y la identidad personal, dejó una obra con una personalidad indiscutible, reflejo muy elocuente de sus particularidades como ser humano.

Cómo lidiar con la diferencia

Los temas de investigación de Foucault a menudo surgían de problemas que lo preocupaban personalmente. En especial, se intersó por la manera como la sociedad responde a los distintos tipos de ‘desviación’ o disidencia. De eso tratan, en última instancia, sus profundos estudios culturales sobre sexualidad, enfermedades mentales y delincuencia.

El poder fue otro de los objetos preferentes de su estudio. Con su estilo de escritura denso y algo críptico, afirmó que, lejos de ser una fuerza ejercida por unos pocos privilegiados, el poder está presente en todas las instancias de la sociedad, a menudo donde menos lo esperamos. Según Foucault, cada institución ejerce un cierto grado de control coercitivo sobre el individuo, ya se trate de una escuela o un hospital, y todas las relaciones humanas están marcadas por la lógica inexorable de las luchas por el poder.

Su cabeza afeitada, sus gafas con montura de alambre y su personal indumentaria, caracterizada por un predominio casi absoluto del blanco y el negro, hicieron que fuese descrito por el académico estadounidense James Miller como el “cabeza borradora” de la metafísica, en referencia a la película de David Lynch de finales de los 70. No cabe duda sobre otra de las afirmaciones de Miller: Foucault fue tal vez “el intelectual más famoso del mundo”.

RÉGINE PERNOUD – Para Acabar con la Edad Media

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A pesar de que los historiadores profesionales hace mucho tiempo que han afinado su comprensión de la Edad Media y han renunciado a la mayoría de los tópicos que sobre esa época han circulado desde hace varios siglos, la opinión pública, sin otra fuente de información que los simplistas programas escolares oficiales y los lugares comunes que repiten hasta la saciedad los medios de comunicación, sigue haciéndose una idea absolutamente errónea de lo que fueron esos siglos mal llamados ‘Edad Media’.

Régine Pernoud, con segura erudición, enorme lucidez y fina ironía, desmonta uno a uno el cúmulo de tópicos -en su mayoría malintencionados- que ocultan el verdadero rostro de la época. La autora demuestra la falsedad de las acusaciones de ignorancia, barbarie, misoginia, intolerancia, etc. que se suelen lanzar contra la Edad Media, y pone las cosas en su sitio apoyando sus afirmaciones con los datos que le suministra su inmensa erudición.

La importancia decisiva de la Edad Media para la construcción de lo que hoy es Europa queda bien clara en este ensayo inteligente y ameno, que revela el esplendor intelectual, espiritual y artístico de una época de nuestra historia que algunos desinformados todavía se empeñan en calificar de ‘oscura’.

Régine Pernoud nació en 1909. Estudió en la École des Chartes y en el Loune. Fue conservadora del Museo de Reims y posteriormente en los Archivos Nacionales de Francia. Es autora de numerosos libros sobre temas medievales y fundadora del Centro de documentación histórica Juana de Arco de Orléans.

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Eduardo Azcuy Ameghino Historia de Artigas y la independencia Argentina

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Artigas se sumó explícitamente al proceso liberador iniciado en Buenos Aires adhiriendo a las consignas de la primera hora, las que serían puestas en práctica y enriquecidas bajo su dirección por el pueblo oriental reunido y armado. En este sentido, el eje en torno a la lucha antiespañola nunca dejó de estar planteado, constituyendo un componente relevante de la visión estratégica de Artigas, quien debió sin embargo ajustar sus tácticas en virtud de la amenaza -transformada luego en invasión- de otro colonialismo, el portugués, que se constituyó hacia 1816 en el enemigo principal de la libertad por la que venían luchando los orientales. Lo cual ocurriría a favor de la inacción primero, y la complicidad después, del Congreso de Tucumán y los directorios de Pueyrredón y Rondeau, quien hacia 1919 invitaría al comandante de las fuerzas lusitanas a «acometer al enemigo común».

Se puede afirmar que la interpretación de la historia argentina del período (y también algunas versiones de la uruguaya) varía, sufre un desplazamiento, reposicionando de hecho a sus actores y prácticas, al incluir a Artigas en ella, incorporando en plenitud su poderosa influencia en los sucesos de la época.

Thomas Kuhn – Que son las revoluciones cientificas

Thomas Samuel Kuhn (Cincinnati, 18 de julio de 1922 – Cambridge, 17 de junio de 1996) fue un físico, filósofo de la ciencia e historiador estadounidense, conocido por su contribución al cambio de orientación de la filosofía y la sociología científica en la década de 1960.

Kuhn se doctoró en física, en la Universidad Harvard en 1949 y tuvo a su cargo un curso académico sobre la Historia de la Ciencia en dicha universidad de 1948 a 1956. Luego de dejar el puesto, Kuhn dio clases en la Universidad de California, Berkeley hasta 1964, en la Universidad de Princeton hasta 1979 y en el Instituto Tecnológico de Massachusetts hasta 1991.

Descagar: ¿Que son las revoluciones científicas? y otros ensayos.

En 1962, Kuhn publicó The Structure of Scientific Revolutions (La estructura de las revoluciones científicas), obra en la que expuso la evolución de las ciencias naturales básicas de un modo que se diferenciaba de forma sustancial de la visión más generalizada entonces. Según Kuhn, las ciencias no progresan siguiendo un proceso uniforme por la aplicación de un hipotético método científico. Se verifican, en cambio, dos fases diferentes de desarrollo científico. En un primer momento, hay un amplio consenso en la comunidad científica sobre cómo explotar los avances conseguidos en el pasado ante los problemas existentes, creándose así soluciones universales que Kuhn llamaba «paradigma».

El término «paradigma» designa todos los compromisos compartidos por una comunidad de científicos. Por un lado, los teóricos, ontológicos, y de creencias y, por otro, los que hacen referencia a la aplicación de la teoría y a los modelos de soluciones de problemas. Los paradigmas son, por tanto, algo más que un conjunto de axiomas (para aclarar su noción de paradigma Kuhn invoca a la noción wittgensteiniana de los «universos de discurso») [cita requerida]. Tuvo algunas diferencias con Herbert Blumer principalmente por cuestión de ciencia y metodologías. Kuhn acepta el enfoque del interaccionismo simbólico sobre actores y sus pensamientos al igual que sus acciones.

La última etapa de su pensamiento está teñida por un marcado darwinismo. Abandona casi por completo el discurso acerca de los paradigmas, y restringe el concepto de revolución científica al de un proceso de especiación y especialización por el cual una disciplina científica va acotando los márgenes de su objeto de estudio, alejándose de los horizontes de otras especialidades. En este último sentido, como una forma de holismo restringido que afecta las distintas ramas del desarrollo científico, reaparece el concepto de inconmensurabilidad teórica, el único que Kuhn parece haber mantenido incólume hasta el final de sus días.

moshe lewin – el siglo SOVIÉTICO

Moshe Lewin nació en la ciudad de Vilnius el 7 de noviembre de 1921.​ Durante los últimos años de la Segunda Guerra Mundial sirvió en las filas del Ejército rojo. Después del conflicto vivió en Polonia, Francia e Israel.​ Murió en 2010,​ el día 14 de agosto.​

De pensamiento antiestalinista,​ fue autor de obras como Lenin’s Last Struggle (Faber & Faber, 1969), una biografía de Lenin;​ Political Undercurrents in Soviet Economic Debates: From Bukharin to the Modern Reformers (Princeton University Press, 1974),​ The Making of the Soviet System: Essays in the Social History of Interwar Russia (Pantheon Books, 1985);​ The Gorbachev Phenomenon: A Historical Interpretation (University of California Press, 1988);​ o The Soviet Century (Verso, 2005), ​ entre otras.

El siglo soviético consigue con ello mostrarnos el funcionamiento real del sistema político, desmitificar los tópicos establecidos y ofrecernos nuevas perspectivas.

Descagar: El siglo soviético

El siglo soviético: La guerra fría terminó hace mucho; pero las obras que se escriben hoy sobre la Rusia soviética siguen lastradas por la misma carga de prejuicios y deformaciones que en el pasado. Moshe Lewin emprende en este gran libro la tarea de reconstruir sobre nuevas bases una historia que marcó profundamente el siglo XX, utilizando documentación de archivo, memorias y testimonios desconocidos hasta hoy, a la luz de su profundo conocimiento del país y de la época. El siglo soviético consigue con ello mostrarnos el funcionamiento real del sistema político, desmitificar los tópicos establecidos y ofrecernos nuevas perspectivas para ayudarnos a establecer un balance más objetivo de sus éxitos y sus fracasos. Como ha dicho Eric Hobsbawm, este libro representa «una contribución decisiva para emancipar la historia de la Unión Soviética de la herencia ideológica del siglo pasado y debería ser lectura obligada para cuantos aspiren a entenderla».