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Antonio Machado, el poeta de la Generación del 98

Fuente: 27/7/2019 Antonio Machado, el poeta de la Generación del 98 https://www.muyhistoria.es/contemporanea/articulo/antonio-machado-el-poeta-de-la-generacion-del-98-871487588987 3/8

Tenía 61 años cuando decidió no abandonar España al inicio de la Guerra Civil, a diferencia de lo que hicieron Ramón Menéndez Pidal, Azorín, Pío Baroja, José Ortega y Gasset, Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas, Ramón Pérez de Ayala y otros. Quiso permanecer en el domicilio familiar de Madrid como gesto de apoyo a la legalidad republicana. Pero en noviembre de 1936 se presentaron León Felipe y Rafael Alberti en casa de Machado para rogarle que aceptase la evacuación a Valencia, ante la amenaza de bombardeos y el asedio sobre la capital por parte de los sublevados.

De entrada se negó a abandonar Madrid, fue precisa una segunda visita para convencerle. Finalmente el 24 de noviembre dejó Madrid por Valencia, donde permaneció con su familia hasta finales de abril de 1938 en que fue evacuado de nuevo, esta vez a Barcelona, al igual que el gobierno de la República. Primero se alojó en el hotel Majestic del Paseo de Gracia, convertido en residencia de invitados y corresponsales extranjeros. El ajetreo del céntrico establecimiento aconsejó trasladar a Machado y su familia al cabo de un mes en la Torre Castanyer, en el Paseo de San Gervasio n.º 21, un palacete incautado al vizconde de Güell. El hecho de no saberse de ninguna salida de Machado de la Torre Castanyer durante los once meses de estancia en Barcelona trasluce su delicado estado de salud y el cariz que la Guerra Civil había empezado a tomar en el ánimo de todos.

El domingo 22 de enero de 1939, Machado abandonó Barcelona en dirección a la frontera francesa, igual que todos los mandatarios republicanos y cientos de refugiados. El consulado de la República española en Perpiñán ofreció a Machado la ayuda que necesitase y le recomendó trasladarse a París, donde era esperado. El poeta, tras más de dos años bajo la protección de las autoridades republicanas, esta vez declinó la ayuda.

Sin fuerzas para continuar, decidió tomar con sus familiares y el amigo Corpus Barga un tren local hasta algún discreto lugar cercano donde dejar caer sus huesos. Se apearon indefensos bajo la lluvia, en la pequeña estación de la población francesa de Collioure, donde fue acogido por la propietaria del hotel Bougnol-Quintana. El poeta, exhausto, tan solo sobrevivió 26 días y murió el 22 de febrero. La madre falleció dos días después en la misma habitación.

Fueron enterrados en el cementerio viejo de la localidad. La tumba del poeta tiene como epitafio uno de sus versos y actualmente es visitada por admiradores y curiosos que la mantienen decorada con objetos de toda clase como muestra de cariño, entre los que nunca falta una bandera republicana. Su tumba es considerada uno de los memoriales más conocidos y transitados para el medio millón de republicanos que cruzaron la frontera hacia el exilio y con quienes el poeta quiso compartir destino hasta el final.

En vida, el poeta destacó no solo por ser el miembro más joven de la Generación del 98, sino porque demostró un gran
talento y una capacidad para mostrar el lado más intimista y sentimental de las cosas desde sus primeros poemas. Tras la
muerte de su esposa y gran amor, Leonor Izquierdo, y una vez quedó atrás la melancolía derivada por el Desastre del 98, el
estilo de Machado pasó a tener un estilo más realista plagado de precisas descripciones y tonalidades costumbristas.

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Felipe el Hermoso: de conde de Flandes a Rey de Castilla

En 1505 partió de Flandes junto a su esposa Juana la Loca para hacerse cargo del gobierno de Castilla. Sin embargo, la muerte le sorprendió unos meses después sin darle tiempo para asentar un régimen que podría haber cambiado la historia de España

Fuente: Enrique Soria Mesa. Universidad de Córdoba. National Geographic España. 21 de septiembre de 2017

Felipe I de Castilla
Felipe I de CastillaApodado «el Hermoso», Felipe I de Castilla (1478 – 1506) era  yerno de Fernando el Católico, con quién no pudo evitar disputarse el trono de Castilla.Foto: Museo del Louvre
Alcázar de Segovia
Alcázar de Segovia En 1506 Felipe el Hermoso transfirió esta fortaleza al señor de Belmonte, uno de sus partidarios.Foto: Gtres
Brujas
BrujasEste importante enclave comercial de los Países Bajos, fue el lugar de nacimiento de Felipe el Hermoso en 1478. Tras su muerte en 1506, su corazón fue enviado aquí para ser enterrado. En la imagen el ayuntamiento gótico construido en 1376.Foto: Gtres
Felipe el Hermoso, Conde de Flandes, retrato del maestro de Affligem, Joseph Sequence
Felipe el Hermoso, Conde de Flandes, retrato del maestro de Affligem, Joseph Sequence Como príncipe soberano de los Países Bajos, Felipe el Hermoso era duque de Brabante, Limburgo y Luxemburgo, conde de Flandes, Hainaut, Holanda, Zelanda y Artois, y señor de Amberes y Malinas. Eran estas unas tierras de gran riqueza agrícola, manufacturera y comercial, repletas de prósperas ciudades y en las que se concentraba una nobleza que desde hacía decenios daba el tono a la vida cortesana de toda Europa. No es raro, por tanto, que Felipe mirara con cierto desapego el país del que provenía su esposa Juana, a sus ojos tan lejano como poco civilizado.En su entorno se creía que “los reyes españoles van vestidos como campesinos, con trajes pesados y sin forma, anticuados y descuidados”. El primer viaje de Felipe a España le hizo cambiar su impresión, y a la muerte de Isabel la Católica se lanzó sin pudor a la conquista de su nuevo reino.
Monasterio de San Juan de los Reyes, en Toledo.
Monasterio de San Juan de los Reyes, en Toledo.Fue construido por los Reyes Católicos en 1476. En la Catedral de Toledo, Felipe y Juana fueron proclamados herederos de la corona de Castilla en 1503.Foto: Toledo Monumental
La infanta Juana de Castilla, retrato del maestro de Affligem, Joseph Sequence
La infanta Juana de Castilla, retrato del maestro de Affligem, Joseph SequenceLas relaciones de Castilla con Flandes se remontaban al menos al siglo XIV, cuando la lana castellana sustituyó a la inglesa como fuente principal de abastecimiento de la industria textil flamenca. A ello siguió la influencia cultural de los Países Bajos en la Península, en el dominio de las artes o la religión. Con todo, Juana de Castilla sufrió un fuerte impacto a su llegada a Flandes en 1496.La riqueza de las ciudades, la suntuosidad de los vestidos, la misma libertad de costumbres de la corte, contrastaban con la austeridad en la que había sido educada por su madre Isabel. En una ocasión, por ejemplo, cuando su marido quiso besarla en público en la mejilla, según la moda francesa, ella se retiró con un gesto de repugnancia. Pero más tarde, cuando quisieron retenerla en España para que diera a luz mientras Felipe volvía a Flandes, Juana no cejó hasta volver al que consideraba su hogar.
Felipe el Hermoso Retrato atribuido a Juan de Flandes, Siglo XV
Felipe el Hermoso Retrato atribuido a Juan de Flandes, Siglo XVPese a la leyenda de príncipe codicioso y marido insensible, Felipe el Hermoso dejó buen recuerdo en muchas de las personas que lo trataron. Así lo recoge el cronista Lorenzo de Padilla en la semblanza que trazó del soberano unas décadas después de su muerte. Naturalmente, Padilla destacaba en primer lugar su apostura: Felipe era “de alta estatura y abultado. Tenía muy gentil rostro, hermosos ojos y tiernos, la dentadura algo estragada, muy blanco y rojo. Las manos por excelencia largas y albas y las uñas más lindas que se vieron a persona”.El vigor físico era otro rasgo visible. Según Padilla, Felipe era “muy diestro en todos los ejercicios de las armas, así con ballesta como con escopeta. Cabalgaba muy bien a caballo a todas sillas. Era muy buen justador, jugaba a todos juegos de pasatiempos y era más aficionado a la pelota que a otro ninguno”. Eso sí, sufría un enojoso problema en una pierna: “En su andar mostraba sentimiento algunas veces por causa que se le salía la chueca -rótula- de la rodilla, la cual él mismo con la mano arrimándose a una pared la volvía a meter en su lugar”.Pero el príncipe flamenco sobresalía aún más, a juicio de Padilla, por su delicadeza de carácter. “Era muy amigo de sus criados –escribía– y muy afable a todos. Era templado en su comer y beber”. Y aunque reconoce su afición al galanteo, el cronista afirma que el rey sintió verdadero afecto por su esposa. “Quiso mucho a la reina; sufríale mucho y encubría todo lo que podía las faltas que de ella sentía acerca del gobernar”.Foto: Museo de Historia del Arte, Viena
Contrato matrimonial entre Juana y Felipe el Hermoso, 1495.
Contrato matrimonial entre Juana y Felipe el Hermoso, 1495.El enlace entre Felipe el Hermoso y Juana la Loca dio lugar a una suerte de encuentro de culturas. Los prejuicios y las sorpresas iniciales dejaron paso a una convivencia que se consolidaría bajo el reinado del emperador Carlos V.Foto: Archivo General de Simancas
140 Juana 4. Doña Juana "la Loca",1877, de Francisco Pradilla y Ortiz. Museo del Prado, Madrid.
Doña Juana «la Loca»,1877, de Francisco Pradilla y Ortiz. Museo del Prado, Madrid.Sobre las extrañas circunstancias en que se produjo la muerte del rey Felipe el Hermoso, en Burgos, contamos con algunos testimonios de la época. El 23 de septiembre de 1506, estando presente el prestigioso doctor De la Parra, el estado del enfermo revestía enorme gravedad. Así se nos cuenta: “Por la noche empezó a tener gran dolor en los costados, escupiendo sangre al amanecer, mientras empezaban a salirle manchas pequeñas, entre coloradas y negras, que los doctores llaman blatas, y que se extendieron por todo su cuerpo. Una gran infección se extendió por la lengua y paladar, inflamándose la úvula, perdiendo a ratos los sentidos y sobreviniéndole al tiempo terribles calenturas y largos estados de frío… El miércoles le sobrevino un frío aún más riguroso y después un sudor caliente harto copioso en todo el cuerpo, quedando como alienado y con sueño”.El historiador zurita, por su parte, nos cuenta: “considerando las cosas que habían precedido y la naturaleza de la dolencia que le acabó la vida tan arrebatadamente, no se dejó de tener alguna sospecha que le hubiesen dado ponzoña, pero de esta opinión salieron los mismos flamencos sus servidores en cuyo poder estaba. Porque los físicos [médicos] que él traía… descubrieron la causa de su enfermedad, y se entendió haberle sobrevenido de demasiado ejercicio y de una reuma, de donde se encendió la fiebre de que muchos morían en el mismo tiempo en aquella ciudad”.

Felipe el Hermoso: de conde de Flandes a Rey de Castilla

Pocos personajes han sido tratados tan injustamente por los historiadores españoles de todos los tiempos como Felipe el Hermoso. La figura de este rey joven y apuesto, pero que durante su breve reinado fue visto ante todo como un extranjero, se ha convertido en poco más que un apéndice de algunos de sus más inmediatos parientes. Así, lo poco que se suele referir de él está siempre condicionado a la biografía de sus suegros Isabel y Fernando, los Reyes Católicos; a la de su padre, el emperador Maximiliano; o a la de su hijo, el emperador Carlos V. Y más que a ninguna otra, a la singular y llamativa personalidad de su esposa, Juana la Loca.

Sin embargo, y aunque su vida fue terriblemente fugaz, ya que murió cuando tenía tan sólo 28 años, es imposible dejar de lado a un personaje que ostentó los títulos más elevados de la Europa de su tiempo: archiduque de Austria heredero del Sacro Imperio Romano Germánicoconde soberano de Borgoña y Flandes; y sobre todo, por lo que aquí nos interesa, rey de Castilla y León, introductor en España de la gloriosa dinastía de los Habsburgo, que sería continuada al poco por su hijo Carlos, entronizado en 1517.

Nacido en 1478 en la floreciente ciudad de Brujas, el príncipe Felipe fue hijo de Maximiliano de Habsburgo, entonces archiduque de Austria –sucedería a su padre en la dignidad imperial en 1493–, y de su esposa María de Borgoña, condesa de Flandes y de Borgoña, señora de amplísimos territorios en la zona que hoy corresponde a BélgicaHolanda, Luxemburgo y el norte de Francia. Hija única del ambicioso duque Carlos el Temerario, muerto en 1477, María consiguió mantener el legado de su linaje, excepto el ducado de Borgoña, que fue confiscado por el rey galo Luis XI.

Pese a una vida terriblemente fugaz, Felipe II ostentó los títulos más elevados de la Europa de su tiempo

A la muerte prematura de su madre en 1482, Felipe se convirtió en soberano de todos estos estados, aunque la regencia quedó inicialmente en manos de su padre Maximiliano. No obstante, en cuanto alcanzó el poder efectivo Felipe dio un giro copernicano a la orientación diplomática tradicional de su casa, buscando una alianza con el vecino francés. Esta francofilia, que le acompañaría toda su corta vida, terminó por enfrentarlo con su propio padre, y mucho más con Fernando el Católico, su futuro suegro, ya que Francia se había convertido desde finales del siglo XV en el más encarnizado rival de los reyes de España.

Al mismo tiempo, Felipe, como conde soberano de Flandes y duque de Borgoña, desarrolló una importante labor en el terreno institucional, impulsando una serie de reformas administrativas de gran trascendencia, como la creación del Gran Consejo de Malinas y la reorganización de las finanzas locales. Hay que reconocer que Felipe el Hermoso fue ante todo un soberano borgoñón y centró sus ambiciones políticas en estos complejos y ricos territorios. Ni siquiera su compromiso y posterior boda con Juana, la hija de los Reyes Católicos, cambió su perspectiva política.

Una boda de estado

El enlace español de Felipe fue el resultado del complejo juego diplomático al que se libraron las monarquías europeas de finales del siglo XV. En ese momento, el equilibrio entre los grandes estados de Occidente estaba a punto de cambiar para siempre. Las desmesuradas aspiraciones del nuevo soberano francés, Carlos VIII, amenazaban Italia, auténtico centro económico, cultural y político de la época. Y la monarquía española, unificada desde 1479 bajo la égida de los Reyes Católicos, no podía permitirlo, ya que entre otras cosas la presencia francesa en Nápoles, objetivo de la expedición militar gala de 1494, amenazaba seriamente la isla de Sicilia, dominio aragonés desde hacía siglos.

En esta tesitura, los Reyes Católicos diseñaron una ambiciosa política matrimonial encaminada a reforzar sus nuevas alianzas internacionales y controlar el peligro francés. Como peones de esta política, tal y como era habitual en la época, utilizaron a sus numerosos vástagos. Dos casamientos con Portugal e Inglaterra cerraron el frente oeste, mientras que otros tantos matrimonios los unieron, y de qué forma, con la dinastía alemana de los Habsburgo. El hijo mayor y heredero, Juan, príncipe de Asturias, se desposó con Margarita de Austria, hija del emperador Maximiliano, mientras que el hermano de ésta, Felipe el Hermoso, lo hizo con Juana, un año menor que él.

Este doble enlace no tenía otro objetivo que el de estrechar de forma indisoluble la alianza hispanoaus-tríaca contra Francia, pero por los azares biológicos se transformó en el germen de un nuevo y enorme imperio. En efecto, en 1498 murió sin dejar descendencia el príncipe heredero Juan, y dos años después falleció su sobrino Miguel, hijo de la infanta Isabel –fallecida también poco antes– y de Manuel I de Portugal. De este modo Juana pasaba a ser, automáticamente, princesa de Asturias y heredera al trono. Y con ella, su marido Felipe. Con la particularidad de que la herencia hispana y borgoñona quedaban ahora unidas en una sola línea dinástica, encarnada en el hijo de ambos, el futuro Carlos V.

Los celos de la princesa

El compromiso matrimonial entre Felipe y Juana se concertó en 1495. Al año siguiente, la infanta se embarcó en Laredo rumbo a Flandes, donde se habría de desposar el 20 de octubre con su prometido. Parece que los primeros años de vida en pareja fueron bastante felices, o eso nos indican los documentos y las crónicas coetáneas. Lo cierto es que ambos cónyuges tuvieron una larga descendencia, dos varones y cuatro mujeres, lo que al menos indica cierto grado de entendimiento. Pero la armonía conyugal se rompió pronto, tanto por la conducta a menudo extravagante de la infanta española, que anunciaba un futuro deslizamiento hacia la locura, como por la afición desmedida de Felipe por las aventuras galantes, algo que atormentaba de manera insoportable a su celosa esposa.

Lo extraño no es que Felipe el Hermoso tuviera relaciones, más o menos discretas, con damas de la nobleza, y menos considerando la tradición de los duques de Borgoña y de los emperadores Habsburgo, quienes sembraron de ilustres bastardos sus tierras de origen. Lo raro, en una época en la que la dominación masculina era incuestionable, es que la reina sintiese tales celos hasta llevarla al borde de la locura y escandalizar a la corte en pleno, que observaba atónita sus salidas de tono. En los primeros años Juana sufrió ya ataques de histeria y se aisló cada vez más de la corte borgoñona, pero la situación se agravó aún más a la vuelta del primer viaje que los dos príncipes hicieron a España en 1502, para ser reconocidos como herederos en Castilla y Aragón. Así, hallándose en Bruselas, al descubrir que su marido tenía una amante, Juana quiso herirla con unas tijeras en la cara, antes de ser frenada por los cortesanos. Ya entonces Felipe consideró la posibilidad de enclaustrar a su mujer.

Felipe provocó el enfrentamiento directo con su suegro, el rey Fernando el Católico.

La muerte de Isabel la Católica en 1504 y la consiguiente elevación de Juana y Felipe al trono de Castilla obligaron a disimular la situación. Había demasiado en juego como para ponerlo en peligro por unas simples desavenencias conyugales, aun cuando la infeliz soberana sufriera infinitamente el desamor de su marido. Felipe, residiendo aún en Flandes, quiso asegurarse el apoyo de los sectores más influyentes de Castilla, lo que provocó un enfrentamiento directo con su suegro, el rey Fernando el Católico. Éste, por su parte, intentaba escudarse en la locura de su hija para negarle el derecho a gobernar y mantenerse así él mismo en el poder. La rivalidad llegó a tal extremo que en 1505 Fernando el Católico se alió con su enemigo de antaño, Francia, y se casó de nuevo, esta vez con una sobrina del rey francés Luis XII, llamada Germana de Foix. Su objetivo no era otro que buscar nuevos aliados y, a ser posible, tener un hijo varón, quien hubiese heredado la Corona de Aragón y sus dominios italianos, segregándolos de Castilla y Flandes.

En noviembre de 1505 ambas partes llegaron formalmente a un acuerdo -la concordia de Salamanca– para repartirse de forma amistosa el poder en España. Pero la realidad era que ninguno pensaba en cumplir tales condiciones, y menos que nadie Felipe, que se sentía con muchas más fuerzas que su suegro. Así las cosas, en enero de 1506 los flamantes reyes de España embarcaron en Flandes rumbo a la Península, viaje enormemente accidentado que casi les costó la vida, ya que estuvieron a punto de naufragar frente a las costas inglesas.

El desembarco de la flota se produjo finalmente en La Coruña, región controlada por uno de los principales partidarios de Felipe, don Rodrigo de Castro Osorio, conde de Lemos. A medida que la comitiva regia avanzaba hacia el interior de Castilla, se le iban sumando nuevas e interesadas adhesiones, tanto de la nobleza como de las principales ciudades. De esta forma, fueron acudiendo el conde de Benavente, el marqués de Villena o el duque de Nájera, entre otras muchas familias nobles, junto con antiguos colaboradores de los Reyes Católicos que en la nueva coyuntura abandonaban sin pudor alguno al viejo rey.

La clave de la victoria de los nuevos monarcas en este juego de poder residió en el apoyo mayoritario que recibieron de la alta nobleza castellana, que cambió de bando con una rapidez asombrosa. Estaba claro que los años de riguroso gobierno de los Reyes Católicos no habían conseguido domeñar del todo las ansias de poder de la aristocracia y, salvo algún puñado de linajes que permanecieron fieles a Fernando, casi todos respaldaron al flamante rey, ofreciéndole sus ejércitos privados y sus recursos políticos y económicos. Era el momento de liberarse del control que habían sufrido por parte de una monarquía mucho más poderosa y centralizada de lo que estaban dispuestos a soportar.

Amo y señor de castilla

La hora de Fernando el Católico parecía pasada, y así hubo de reconocerlo el soberano aragonés al suscribir, tras una entrevista con su yerno, la concordia de Villafáfila, por la que aceptaba retirarse a sus territorios aragoneses. El nuevo Felipe I de Castilla dejó enseguida a las claras que no iba a ser un mero rey consorte, sino que ejercería un mando personal. Para esa tarea se apoyó en dos facciones claramente diferenciadas: por un lado, sus consejeros castellanos que le habían servido en Flandes desde hacía años, unidos a algunos de los aristócratas locales que se habían pasado a su bando –entre los que destacaba don Juan Manuel, señor de Belmonte, su hombre de mayor confianza–; por el otro, un reducido pero codicioso grupo de notables flamencos, venidos con el nuevo rey, los cuales se lanzaron a acumular oficios, mercedes y rentas.

La hora de Fernando el Católico parecía pasada, y así hubo de reconocerlo el soberano aragonés

Uno de los grupos de presión que más esperanzas puso en la llegada de un nuevo monarca fue, curiosamente, el de los judeoconversos, quienes vieron en Felipe I un posible e inesperado aliado contra la persecución de la Inquisición, que desde hacía casi tres décadas estaba diezmando sus filas. Muchos de los más poderosos comerciantes, banqueros y aun miembros de las élites urbanas de esta minoría se dirigieron al soberano a fin de que disolviera el tribunal del Santo Oficio, o al menos moderase su rigor contra los supuestos judaizantes. Lo breve de su reinado impidió que Felipe tomara medidas drásticas en este sentido, pero es posible que el rumbo de la Inquisición hubiera sido diferente si el rey hubiera vivido más tiempo.

Una de las primeras tareas de gobierno del nuevo monarca fue desplazar a los partidarios de Fernando el Católico de sus posiciones, colocando al frente de las principales instituciones a sus más allegados colaboradores. Las más poderosas fortalezas del reino cambiaron totalmente de manos, empezando por el simbólico alcázar de Segovia, del que fueron expulsados los marqueses de Moya, íntimos colaboradores del régimen anterior, a favor del privado de Felipe, don Juan Manuel. Había llegado la hora del ajuste de cuentas. Mientras los aristócratas castellanos que cambiaron de bando a tiempo recibieron numerosas mercedes, los defensores de Fernando incurrieron en la ira regia. El duque de Alba, por ejemplo, se retiró a sus estados, mientras que los condes de Alba de Liste y de Cifuentes perdieron las tenencias de diversas fortalezas. Pero el más afectado de todos fue el clan de los Fonseca, todopoderoso en épocas pasadas, que vio ahora cómo todo su linaje caía en desgracia.

Mientras los aristócratas castellanos que cambiaron de bando a tiempo recibieron numerosas mercedes, los defensores de Fernando incurrieron en la ira regia.

Mucho más difícil de aceptar para la opinión pública española fue el reparto de mercedes que Felipe ordenó para agradecer los servicios de sus nobles flamencos. La rapacidad de estos cortesanos fue tal que casi nada escapó a su ansia de poder, riqueza y honores. Rentas, oficios áulicos, dignidades eclesiásticas, cargos militares, títulos… nada se libró de su voracidad y hasta el maestrazgo de la Orden de Santiago estuvo a punto de caer en sus manos. Una actitud que prefiguraba la que mostraron, una década después, los miembros flamencos de la corte del jovencísimo Carlos V a su llegada a España y que sería una de las causas desencadenantes de la rebelión de las Comunidades.

Sin embargo, esta gran mudanza habría de durar poco tiempo. En uno de los más impactantes giros de la historia española de la Edad Moderna, el rey Felipe moría con 28 años, el 25 de septiembre de 1506, de forma totalmente imprevista. Unos días antes, a comienzos de ese mismo mes, el soberano había marchado con toda la corte a Burgos. Hallándose en esta ciudad, el día 16, después de comer quiso jugar un partido de pelota con un capitán vizcaíno de su guardia “que era mucho jugador”. Durante el juego bebió un jarro de agua fría y poco después comenzó a sentirse mal. Se recuperó un tanto, pero a los pocos días enfermó gravemente y, a pesar de la intervención de los mejores médicos del reino, nada se pudo hacer para salvarlo.


marc bloch – Los Reyes Taumaturgos

Pocas veces un héroe y un historiador vienen a coincidir en una misma persona, alguien que habiendo dedicado su vida al pasado acaba dándola por el presente. Ese es el caso, famoso, de Marc Bloch. Junto con Lucien Febvre, es considerado fundador de la Escuela de los Annales, esa forma de hacer historia que nos alejó, por fortuna, del excesivo celo en el recuento de sucesos que había dominado el positivismo del siglo XIX.

Descargar: Los reyes taumaturgos

Desde el Medievo, el milagro que se les atribuyó a los reyes de Francia e Inglaterra fue la facultad de curar a los escrofulosos. Cura que realizaban con el solo gesto de tocar la inflamación tuberculosa en el cuello de los afectados. En Los reyes taumaturgos, Marc Bloch examina la historia y la creencia en este milagro que surgió en Francia hacia el año 1000 para aparecer en Inglaterra cien años más tarde. El autor descifra el misterio del poder regio y su influencia centenaria sobre el pueblo, destaca la trascendencia del poder –muchas veces sobrenatural− que se atribuye a los líderes de muy diversas sociedades, y revisa las creencias y leyendas en torno al fenómeno y a la propia naturaleza sacralizada que se les confería a los monarcas. Bloch logra determinar no solamente la aparición del milagro sino también de explicarlo y comprenderlo en términos de su expansión, desarrollo y extinción, diferente en cada país

Los reyes taumaturgos es la primera gran obra de Bloch que, si bien no fue aclamada al momento de su publicación, en 1924, marca tanto el inicio de la antropología histórica como la nueva reflexión sobre la imbricación entre rito, capacidades mágicas (o teológicas) y política. Su prosa lúcida, con justas ironías, es buena muestra del estilo notable de la historiografía francesa. El libro, que presupone, por ser historia social, un mínimo conocimiento de las monarquías europeas entre el año mil y la Revolución Francesa (esta es la contracara del abandono de los datos), se propone seguir en la larga duración un fenómeno al parecer marginal y olvidado: el poder de los reyes de Francia e Inglaterra de curar las escrófulas. Esta prerrogativa real, que se suponía sanaba unas úlceras en el cuello de los enfermos de tuberculosis, tal como descubre Bloch, viene acompañada de otras, como la de consagrar anillos que quitan dolores y calambres en la corte inglesa, o la misma capacidad curativa de los escrofulosos tanto en un santo francés como en los séptimos hijos varones. El recorrido, algo imbricado, de esta exposición, se da en parte por el lento camino de la discusión de documentos de época. En la lectura, hace falta algo de amor por la Edad Media para recorrer con ligereza esos senderos. La costumbre de estas curaciones, conjetura Bloch, comenzó hacia el siglo XI en Francia y un siglo más tarde en Inglaterra. Tuvo su origen en antiguas concepciones de la realeza sagrada pagana, y su motivación en la necesidad de reafirmación de la realeza ante los señores feudales, por un lado, y la Iglesia por el otro.

¿Cuánto de su poder le debían los reyes a su asociación con lo divino? Primero se lo disputaron los obispos, luego las guerras confesionales, pero terminó por vencerlo la Razón (alegoría en la que aún creemos) del siglo XVIII, para nada dispuesta a permitir milagros reales.

Hoy, como bien señala el provechoso prólogo (a leer una vez finalizado el libro) del experto medievalista Jacques Le Goff, nuestro interés reside menos en la cuestión de las mentalidades, tema valioso al momento de la redacción del libro, y más en la lectura política que puede hacerse de este uso medieval y moderno de lo milagroso. Esto nos recuerda que tampoco en la querella de la secularización hay progresos netos, o que el camino de lo sagrado no ha sido siempre decreciente en Occidente, y que puede comportar algo cíclico. Otro mito (el de la superioridad aria) hizo que Bloch terminara en manos de la Gestapo en 1944, cuando fue torturado y fusilado. El presente, que siempre se cuela en la comprensión del pasado, sólo se comprende a su vez por este último. En el ida y vuelta, el historiador escribe y actúa.

carlo ginzburg – el queso y los gusanos

Carlo Ginzburg (Turín, 15 de abril de 1939) es un historiador italiano abanderado de la Microhistoria. Hijo de la escritora italiana Natalia Ginzburg y del intelectual Leone Ginzburg, hoy en día Carlo Ginzburg trabaja en California, Estados Unidos.

Descargar: El queso y los gusanos

Carlo Ginzburg nació en 1939 en Turín, de una familia de intelectuales y luchadores por la libertad, lo que le costó la temprana muerte a Leone Ginzburg. Se doctoró en Filosofía por la Universidad de Pisa en 1961. Dio clases en la Universidad de Bolonia y en la Universidad de California, Los Ángeles (1988–2006); asimismo enseña ocasionalmente en la Scuola Normale Superiore di Pisa. Sus campos de interés van desde el Renacimiento Italiano hasta la historia moderna de Europa. Sus contribuciones atañen a la historia antropológica, al arte, a la literatura y a la historiografía. Su punto de vista es muy original, erudito y provocador.

En 1979, Ginzburg hizo una petición al Papa Juan Pablo II para que abriese los Archivos de la Inquisición. No logró respuesta, hasta que en 1991 un grupo de universitarios lograron acceso para revisar el material de los archivos. Estos se abrieron en enero de 1998 para investigadores bien calificados. El Cardenal Ratzinger (que más tarde se convirtió en el Papa Benedicto XVI) atribuyó a Ginzburg, y su carta de 1979, el papel decisivo en la decisión del Vaticano de abrir estos archivos. Pero su actividad política más notoria fue la que produjo su brillante escrito Il giudice e lo storico. Considerazioni in margine al processo Sofri (1991) donde expuso la injusticia del juicio al intelectual izquierdista Adriano Sofri, acusado de terrorismo con pruebas dudosas.

Ginzburg —cuyos padres eran de origen judío— firmó una petición en enero de 2007 contra el proyecto de ley, presentado por el Ministro de Justicia Clemente Mastella, que penalizaba a los negadores del Holocausto. Lo hizo con Paul Ginsborg, Marcello Flores, Sergio Luzzato, Claudio Pavone, Enzo Traverso. Argumentaban que la legislación de Italia era suficiente para enfrentarse con tales actos. La ley fue enmendada.
Su obra más reconocida en español ha sido El queso y los gusanos, 1976, que reconstruye la cosmogonía de Menoquio un molinero campesino del norte de Italia a partir de dos juicios que le hizo la Inquisición en 1583 y 1599, y elabora nuevas teorías interpretativas. También ha tenido eco sus ensayos plurales de Mitos, Emblemas e Indicios: Morfología e historia, donde muestra la forma de analizar evidencias.

En la Historia nocturna (1989) profundiza sobre las raíces antropológicas de la narración a través de textos variados como sermones o tratados de demonología. Trata de mostrar el substrato de cultos chamánicos en Europa. En El juez y el historiador, además de defender a Sofri, reflexiona sobre los métodos que usa el historiador, comparándolos con los del juez. Así revisa las posiciones de Lucien Febvre y Marc Bloch de la Annales d’histoire économique et sociale.

En el reciente Il filo e le tracce, aparecen historiadores, novelistas, inquisidores, eruditos, chamanes, o poetas. Habla de Montaigne, Voltaire, Stendhal, Auerbach, Kracauer, además, para reflexionar una vez más sobre el oficio de los historiadores y sus dificultades con la verdad.

Burke, Peter – Formas de hacer Historia

Peter Burke (Londres, 16 de agosto de 1937) es un historiador británico, especialista en historia cultural moderna.

Trayectoria: Peter Burke fue educado por los jesuitas en el St John’s College, Oxford, donde obtuvo el doctorado. Desde 1962 a 1979 formó parte de la Escuela de Estudios Europeos en la Universidad de Sussex, para después pasar a la Universidad de Cambridge, en la que es actualmente catedrático emérito de Historia Cultural, y miembro del Emmanuel College.

Burke no es sólo conocido por sus trabajos sobre la Edad Moderna sino que también destaca por sus investigaciones sobre la Historia Cultural en todo su espectro. Como gran políglota, ha logrado por un lado incorporar información de buena parte de Europa y asimismo ha conseguido muy buena difusión de sus libros. Ha sido traducido a más de treinta lenguas. En 1998 fue distinguido con la Medalla Erasmus de la Academia Europea,1​ y es doctor honoris causa por las Universidades de Lund, Copenhague y Bucarest.

Destacan, de entre su extensa obra, El Renacimiento italiano o el más reciente El Renacimiento europeo así como La cultura popular en la Europa moderna. Renovó la historiografía con La fabricación de Luis XIV, donde ponía en evidencia la interacción entre política y representación del monarca absoluto. Ha estudiado aspectos como las funciones sociales del lenguaje, las funciones de las imágenes, el mundo del humor o la difusión de Castiglione en el siglo XVI (Los avatares del Cortesano).

Sus libros teóricos, Formas de hacer Historia (colectivo) y ¿Qué es la historia cultural?, aclaran muy bien los temas más debatidos de la historiografía contemporánea.

Lefebvre, Georges. – El Nacimiento De La Historiografía Moderna

El concepto de Lefebvre sobre historiografía difiere de la
clásica definición de Littré, según la cual se trataba de «la
historia literaria de los libros de historia». Para él, la historiografía
debe consistir en un movimiento acumulativo
tratado en profundidad y hecho de adquisiciones, de correcciones,
de progreso. En todo ello reside el único camino que
puede llevar a «la historia de la historia» a un nivel científico
capaz de potenciar su propia evolución.
Esta obra es el resultado de un curso dado por Georges
Lefebvre en la universidad de la Sorbona y recopilado más
tarde, por el Centre de Documentation Universitaire bajo el
titulo de «Nociones de Historiografía moderna». De ello se
desprende que, junto a su valor histórico, la obra esté dotada
de una notable carga pedagógica en la que tas referencias
están enfocadas esencialmente hacia la cultura, del país
en que se concibió.
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