El derecho según San Agustin

San Agustín nace en Tagaste, África en 354, ya con un imperio romano de occidente en decadencia y rumbo a su extinción (según los historiadores el imperio occidental cae definitivamente en 476). El periodo comprendido entre los siglos II y V marca un periodo de transición en el cual se produce una progresiva disolución del pensamiento y forma de vida pagana y una creciente adhesión al cristianismo. Un hito importante en ese periodo es la legalización de la religión cristiana a través del edicto de Milán en 313. Otro hecho fundamental para la expansión del cristianismo es la conversión del emperador Constantino. No solo se convierte sino que además se radico en Bizancio, a la cual refunda llamándola Nueva Roma o más conocidamente cono Constantinopla, nombre que persistirá hasta su caída a manos del imperio otomano en 1452. San Agustín será parte de ese proceso de transición. SI bien su vida transcurre aun en la antigüedad su obra tendrá fundamental importancia en la medievalidad. Agustín era hijo de padre gentil y de madre profundamente católica, a tal punto que es considerada modelo de mujer cristiana por la iglesia y luego es canonizada como Santa Mónica.

La gran obsesión de Mónica era que su hijo abrazara la confesión Cristiana.
San Agustín tenía una mala relación con su padre, quien era jugador, bebedor y engañaba a su madre. Allí ante los reproches de su madre por esa mala relación Agustín reniega del Dios de su madre, diciéndole porque su Dios no la ayuda. Esto marca el absoluto descreimiento de Agustín en adolescencia. Agustín en Tagaste escucha un discurso público de un gran orador llamado Macrobio acerca de por qué se deben pagar impuestos a Roma y queda fascinado. Agustín comienza con malas acciones como robar fruta a un campesino y allí se da cuenta que solo saliendo de Tagaste no caerá en la vida que lleva su padre. Le comenta eso a su madre, quien intercede ante Romaniano quien era un hombre poderoso en Tagaste para que Agustín se traslade a Cartago y pueda estudiar con Macrobio.Cuando llega a Cartago es recibido por un hombre rico, Valerio Prisco por recomendación de Romaniano y es albergado en su casa donde conoce a quien sería su sirviente de origen moro llamada Carida, con la que luego convivirá y tendrá un hijo. También a los 19 años lee el Hortensio de Cicerón y allí nace su afán por la sabiduría. Macrobio le dice que no tiene vacantes y que solo lo tomara como alumno si logro convencerlo de que lo tome ya que la retorica es para ello, para convencer a la gente que haga lo que uno pretende. No lo logra pues enmudece. Al regresar a la casa es golpeado por ser extranjero y en la case se encuentra con una orgía, lo que lo hace pensar en la maldad y el pecado. Al día siguiente vuelve y convence a Macrobio y es educado en la retorica por este. Todavía en Cartago se dedica a una vida licenciosa.
En su juventud lee las escrituras pero se ve desilusionado por ellas. Preocupado por el problema del mal es seducido por el maniqueísmo que es una doctrina que postula el antagonismo absoluto entre el bien y el mal. En teoría esta doctrina enseña a liberarse de la maldad y la materia. Luego se aproxima a las ideas donatistas, de las que luego también se aparta y mantendrá una dura polémica. Descreído de maniqueos y donatistas cae en el escepticismo Va creciendo su fama y se luego se traslada a Roma en 384 y dada su crisis interior abraza el escepticismo de los académicos.

Allí conoce a San Ambrosio, obispo de Milán, luego San Ambrosio. Este lo introduce e instruye en la doctrina cristiana. También se dedica a la lectura de Plotino al que admira. Esto va a tener una gran influencia en Agustín y queda encuadrado en el neoplatonismo. Lo que más de adelante se llamara neoplatonismo agustiniano.
Allí comienza una separación del materialismo y comienza el camino hacia el interior del alma, concibiendo a Dios como ser inmaterial y al mal como algo negativo, como privación del bien. Relee las escrituras, especialmente las epístolas de San Pablo.
Finalmente se convierte al cristianismo en 386 y abraza la fe con el fervor de todo converso. Es bautizado por el propio Ambrosio. Muere en 430 siendo Obispo de Hipona.
Escribe tres obras fundamentales. La primera “Contra Fastum” en el 397/8 al renegar del maniqueísmo. La misma es contra Fausto de Milevi, importante difusor de las ideas maniqueas, Confesiones y la Ciudad de Dios.

En 410 mientras los ostrogodos tomaban Roma escriba su obra capital “La ciudad de Dios” “De civitae Dei”. Al año siguiente mantiene una célebre polémica con Pelagio destacado teólogo que afirmaba la bondad natural de de la condición humana no mancillada por el pecado original y por ende la posibilidad de alcanzar la salvación sin necesidad del auxilio de la gracia divina. Así como con Agustín se menciona una corriente Platónica Agustiniana también se menciona la corriente aristotélica tomista.

Como platonista, Agustín muestra incansable búsqueda de ciertas certezas absolutas impermeables a las mutaciones de los tiempos. Platón quizás los hallo en el topos uranos mientras que Agustín creyó encontrarlas en el Dios de la Revelación.
Volviendo a Contra Fasutum San Agustín distingue tres géneros de leyes:

1) La ley mosaica, dado por Dios al pueblo hebreo en el Monte Sinaí.
2) La ley de Cristo en los Evangelios
3) la “lex gentium (natural)”

La ley mosaico es una legislación positiva puesta en el tiempo y el espacio por Dios.
La ley cristiana s la ley de la rectitud moral que aunque es positiva, no se refiera como ley jurídica al reparto de los bienes terrenales sino al obrar virtuoso signado por la caridad a través del amor.

Hay también una ley eterna que responde a los designios insondables de la providencia divina, conforma el plan de Dios sobre el universo y se define como “Razón divina o voluntad de Dios que ordena conservar el orden natural y prohíbe perturbarlo”. La ley eterna se impresa en nosotros como ley natural a modo del sello que del anillo impregna la cera pero no queda en ella. La noción de la ley eterna está impresa en nosotros como la imagen pasa del anillo a la cera sin que en el anillo quede.

La ley eterna no es cognoscible por los sentidos ni exclusivamente por la razón. Llega al conocimiento por la fe mediante la iluminación interior. La ley natural habita en la razón del hombre pero esta naturalmente inscripta en el corazón.

En Confesiones Agustín busca la verdad, busca a Dios. La obra se compone de trece libros. Del Libro I al IX, Agustín Scribe el pasado y se corresponde con la búsqueda de Dios. El libro X se corresponde al presente y concuerda con el encuentra con Dios. Allí básicamente Agustín desarrolla el tema de la memoria. La forma de todos los objetos que conocemos está en ella e ingresaron a través de los sentidos. Pero también existen las nociones de las artes liberales que no entraron por las puertas de los sentidos. Agustín dice que están porque siempre estuvieron allí al igual que la idea de Dios. Justifica eso diciendo si todos querremos alcanzar la felicidad absoluta, pero nunca la conocimos, entonces como es que la añoramos, y la añoramos porque siempre estuvo allí como un inconsciente colectivo que proviene del paraíso antes de la caída. El libro XI se refiere al tiempo y los libros XII y XIII conforman un exegesis bíblica.

Pablo Lombardo el pecado se define como una acción, un dicho o un deseo contra la ley eterna. Lo que Dios quiere es la justicia misma.  Hay una conjunción de razón y corazón en el conocimiento de la ley natural. Esto ha habilitado a diversas corrientes agustinianas a sostener el origen del conocimiento, al menos de los primeros principios, en un acto de iluminación interior.

La Ciudad de Dios es una obra compleja en la que se mezclan la filosófica neoplatónica, la doctrina cristiana, la historia bíblica y respuestas sobre la caída de Roma. Existe un ingrediente polémico muy importante con el paganismo. El paganismo de Roma según Agustín fue el origen de su perdición. Su objeto de amor fue un propósito terrenal y no una misión espiritual. Un pueblo es definido por su objeto de amor. Como lo romanos se amaron solo a si mismos no formaron una autentica ciudad. Una verdadera ciudad requiere dirigir su amor a Dios. Según Agustín, Roma no cayó por la llegada del cristianismo, todo lo contrario cayó por su propio paganismo. Frente a esta
imputación acerca de la decadencia del imperio a causa de los seguidores de Cristo justifica que esa caída se produce por los propios dioses romanos y vicios romanos. Además sostiene que de haberse adoptado la nueva religión por parte del imperio, este hubiera alcanzado mayor grandeza y esplendor.

El orden político no está fundado para San Agustín en la fuerza sino en la justicia. Así traza la famosa diferencia entre los reinados y las bandas de delincuentes. Si solo se toma como base la espada, la única diferencia sería el tamaño de sus crímenes y la impunidad con la que se cometen.

Si se remueve la justicia los reinos no son más que bandas de criminales a gran escala.
El hombre pertenece a dos ciudades: La ciudad de Dios y la ciudad terrenal. La distinción entre ellas es la diferencia entre la virtud y el vicio. La ciudad de dios es la comunidad de los seguidores de Cristo, de los que buscan la verdad, de los que creen en el verdadero Dios. Ahí está la verdadera justicia. Es una ciudad celestial, no ideal como la platónica que según Agustín solo existe en las palabras. En contraste la ciudad terrenal está guiada por el amor propio y vive según los impulsos de la carne.

La ciudad terrenal se glorifica en si mima y la de Dios se glorifica en el Señor.
El hombre es carne y espíritu y de estas dos sustancias se derivan estas dos ciudades.
La ciudad de Dios dibuja lo que podría llamarse el espejo del príncipe cristiano.
Un gobierno sin la inspiración de la justicia divina no es más que una enorme banda de ladrones que da paz mediante una violencia arbitraria.
Volviendo a Pelagio si la naturaleza humana tiene la capacidad de alcanzar por si misma la salvación para que hubo de venir Cristo a la tierra y sufrir y la muerte redentora. Era pues absolutamente necesario preservar el poder de la voluntad de Dios en su plan providencial define la voluntad divina como aquello que es querido por Dios enfatizando que lo querido por Dios constituye la autentica justicia.

Se evidencia en esta instancia una postura voluntarista en la interpretación del derecho divino y natural. Una acción no constituye pecado sino cuando ha sido expresamente prohibida por Dios.

Existe también la doctrina de la predestinación. Según ella parte de la humanidad es absuelta de la merecida condena al ser llamada a la salvación por amor de una justicia divina que ninguna criatura está capacitada para entender y mucho menos cuestionar. El divorcio entre la ley eterna y la ley humana es tajante. La capacidad natural de la razón ha quedado extinguida y todo depende de un acto gratuito de misericordia de Dios. Al estar esa salvación sometida a la voluntad de Dios según esta teoría debe haber señales de quien será salvado. Se toma por ejemplo como una señal la buena vida terrenal lo que se trata en la obra de Max Weber “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”.

En el mundo del derecho la idea básica de justicia como una acto de voluntad divina en orden a la salvación se traslada a la legislación positiva como un acto de voluntad estatal en orden a la determinación de los deberes y derechos de la vida en sociedad.
Para la visión agustiniana la naturaleza humana quedo gravemente dañada y por ende incapacitada de obtener la salvación por sí misma, pero puede ser auxiliada por la gracia divina, pero la voluntad humana debe aportar lo suyo y apoyada por el socorro natural puede alcanzar la salvación.

“Dios que te creo sin ti, no te salvara sin ti”

Dios supremo es la verdadera justicia o que aquel Dios verdadero es la justicia suprema.

Loa actos legislativos del estado no merecen ser considerados como leyes que obliguen si no son justos, pero no hay nada justo ni legitimo sino derivan de la ley eterna.
Entonces el orden jurídico queda entonces ligado y fundamentado en un orden trascendente de naturaleza divina, es así como tenemos un iusnaturalismo de cuño teológico.

La justicia para San Agustín es el basamento constitutivo de la república y no puede hallarse sino en ella, pero la verdadera justicia no se halla sino en aquella cuyo fundador y rector es el Cristo mismo.

Bibliografia: Trabajo propio en base a las notas de Clase de la Cátedra de Filosofía del Derecho, UCES, del Dr. Anibal Maggio.

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