Hegel: Filosofía del derecho por el Dr. Luis Anibal Maggio

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Síntesis clase del Dr. Maggio.

 Lo que es racional es real y lo que es real es racional,  principio fundante del sistema hegeliano, se encuentra en el Prefacio de Líneas Fundamentales de la Filosofía del Derecho. Tal ubicación pareciera no ser accidental y señalaría la relevancia que Hegel otorga al derecho en su concepción filosófica.   Identifica la realidad con el pensamiento que es a su vez racionalidad, no hay otra esfera de objetividad.

No hay para el autor ciencia sin sistema. La filosofía es sistema como lógica del ser, el ser en su logicidad. La  Filosofía del Derecho no tiene existencia por si ni es derivada o marginal. El derecho  es una realidad más compleja de lo que los juristas han entendido.  Dentro de la dialéctica del espíritu es el momento que representa su más viva y eficaz realización.

La lógica aristotélica  asentada en el principio de no contradicción es para Hegel una lógica de lo abstracto, pero para él hay otra lógica, la “de la razón” o de lo concreto,  en la que los contrarios no se oponen y excluyen sino que puestos a rodar en la “dialéctica de lo real” como tesis y antítesis, son integrados en una síntesis que los abarca y supera. De allí que todo lo “real” es racional y todo lo “racional” sea real.

La Filosofía se acompasa con el movimiento dialéctico de lo real.  El ser en cuanto ser en si, en su pensabilidad, conforma la Idea (Ciencia de la Lógica), que realizándose por si es la Naturaleza (Filosofía de la Naturaleza) y se objetiva en el Espíritu (Filosofía del Espíritu) al volverse y adquirir conciencia sobre si misma.

A su vez, la Filosofía del Espíritu se desenvuelve dialécticamente en tres momentos: el espíritu subjetivo como conciencia individual se torna objetivo creando relaciones e instituciones en las que se realiza hasta convertirse en espíritu absoluto cuando el Ser en si o Pensamiento alcanza la autoconciencia o pensamiento que se piensa a si mismo, y es la Filosofía.  Los tres momentos en que el espíritu subjetivo o conciencia individual se despliega hacia la objetividad son: a) El derecho, momento formal y abstracto que se realiza en la exterioridad sin vinculación con el querer individual; es la existencia externa de la libertad. b) La moralidad en que la voluntad se interioriza y delibera realizando sus determinaciones como propias. Sin embargo, Hegel  entiende que la ‘’moralitat’’ universal abstracta es inútil para la acción. Lo particular no puede ser al mismo tiempo universal y  confronta el universal, el puro deber kantiano, la   conciencia moral pura o trascendental,  con la conciencia moral concreta.   c) La eticidad en la que se realiza al unísono la exterioridad del derecho y la interioridad de la moral en la “efectiva realidad” que vive en el pueblo. Aquí  el hombre toca su plenitud superando su  propia individualidad y se realiza orgánica y sustancialmente en el entramado  de las instituciones.  El principio de estos tres momentos es el proceso del espíritu en cuanto voluntad libre, inteligencia pensante o autoconciencia que se comprende por el pensamiento en cuanto esencia abandonando por ello lo contingente y lo falso. La reconstrucción de este proceso racional ha de ser estrictamente lógico, dejando de lado el sentimiento, el corazón, el valor o la fantasía.  En este momento Hegel se separa de sus compañeros de Tubinga (Schiller, Schellig, Holderlin), preclaros militantes del “romanticismo alemán”, y por la senda del logicismo, desembocará en un franco “panlogismo”.

El rigorismo lógico sistemático de Hegel  se alimenta de su postulado sobre la “necesidad de filosofía”.  Desgajada la cultura occidental de sus antiguos soportes, la “modernidad” se encuentra en la emergencia de tener que hacerse cargo de si misma, de sacar su normatividad de sus propias entrañas.  Para Hegel, a diferencia de la atemporalidad kantiana,  la comprensión de cada época  aparece como el primer y principal problema filosófico.  La modernidad ha de “autocerciorarse” y tal autociencia es, como ya apuntamos, Filosofía.

1:  El derecho en cuanto idea.  Es la existencia de la voluntad libre, momento abstracto del espíritu objetivo en que el  individuo realiza su libertad externa y se afirma como persona independientemente de su pertenencia a alguna sociedad organizada.  La libertad emigra de lo abstracto  con la propiedad haciendo que las cosas sean funcionales a la vida personas, y pasando luego al contrato donde concurren otras voluntades y la libertad se realiza en relación entre esas distintas voluntades  que se reconocen como igualmente libres y capaces de trasmitirse propiedades unas a otras. Si voluntad individual que se realiza en la propiedad y el contrato coinciden con la voluntad universal, estamos en lo lícito; pero si se le opone e invade arbitrariamente la libertad de los demás, se incurre en lo “ilícito”, que puede ser simple o constituir fraude o delito. El ilícito simple o civil  niega el derecho en particular al no reconocerlo a otra persona, pero no  lo niega  en universal ya que, al afirmar que la  cosa debe pertenecer a alguna persona, lo reconoce, es decir, que la contumelia se circunscribe a la pertenencia de la cosa a una u otra persona, no al derecho mismo. En cambio, en el fraude o el delito se niega el derecho tanto en lo individual como en lo universal.  La violación del derecho es en  sí nula ya que tiene una existencia exterior pero no una realidad ética;  realidad sólo es la que se restaura con la anulación de la violación y de allí la necesidad ética del resarcimiento en la esfera del derecho civil o de la pena en caso de delito.  En consecuencia, la pena no tiene por objeto la prevención, la intimación,  la amenaza o la enmienda del delincuente sino el restablecimiento de la esencia ética (i.e.racional) del derecho en la conciencia universal y en la del mismo reo, a punto tal de justificarse hasta la pena de muerte.  Al anular la anulación de la libertad que implica el delito, se  reafirma  la libertad mediante la pena y se pasa del primer momento (derecho) al segundo del espíritu objetivo, la moralidad, donde el proceso de la libertad de la persona se torna universalidad y es simple idealidad. Pero es en la “eticidad”,  es decir, la vida en acto de una colectividad orgánica en la que los individuos están enraizados espiritualmente y confluyen sus acciones, donde el ser, que es deber ser, logra  conciencia de sí y realidad en tanto “espíritu del pueblo” (volksgeit). Allí el derecho, más allá del primer momento,  se realiza en instituciones y es aquí, en la eticidad que lo contempla como realidad viviente y vital en la que el hombre se realiza plenamente en sí mismo, donde reside la verdadera Filosofía del Derecho. Tal realidad, que Hegel denomina el “ethos”, es sustancia concreta como forma infinita intrínsecamente racional y de contenido estable, pese a sus diferentes manifestaciones.

La eticidad se despliega dialécticamente en tres pasos o grados: la familia, la sociedad civil y el Estado. Por el matrimonio, la relación entre los dos sexos se convierte en relación ética unitaria autoconsciente y, con su desenvolvimiento y la educación de los hijos que los transforma en personas   autónomas y origina múltiples grupos familiares, se pasa a la sociedad civil. Esta unidad conformada por la integración de los individuos, se realiza en primer lugar como un sistema de necesidades o estructura económica, luego como un sistema de relaciones jurídicas referentes a la administración de justicia y finalmente como administración pública o sistema de corporaciones.

 La familia y las corporaciones son como las bases éticas del Estado. Si bien tienen un fin limitado y finito, alcanzan su “fin universal en sí y por sí”, la realidad absoluta, en el traspaso de la sociedad civil al Estado. Mientras en la sociedad civil la centralidad de la vida social anida en los individuos y la pugna de sus intereses explica su subjetividad, en el Estado perderán toda autonomía, se disolverán en una eticidad absoluta entendida como síntesis de lo universal y lo particular y realización plena de lo individual en un absoluto que absorberá totalmente los aspectos de la vida de cada uno. El “ethos”,  hecho autoconsciente como organismo ético absoluto en el espíritu del pueblo, es racional en sí y por sí, unidad sustancial y fin en si mismo. El Estado, en el que se concreta la identidad entre lo real y lo racional es, en palabras de Hegel, es “la presencia de Dios en el mundo”.

El Estado es soberano, no está sometido a ningún otro poder en las relaciones externas; la guerra es el árbitro inapelable que resuelve los conflictos interestatales. En el Estado se encarna el  “espíritu concreto de un pueblo” y la historia universal como tribunal del mundo incardina la dialéctica de los espíritus de los distintos pueblos ejercitando el derecho superior a todos.  El derecho accede pues a la Filosofía de la Historia.

 

Fuera de la historia no hay posibilidad de existencia para el Derecho.  Pero el sentido historicista de la filosofía hegeliana es distinto al de la contemporánea Escuela Histórica del Derecho (Hugo, Savigny, etc).  El espíritu del mundo, que  se manifiesta y desenvuelve históricamente en el espíritu de cada pueblo, es total y absolutamente universal, de modo que las instituciones jurídicas, al igual que las sociales y políticas,  realizan la racionalización universal que se despliega dialécticamente en la historia.

A distancia de Kant y Fichte, la concepción hegeliana no enfoca a las instituciones jurídicas desde una perspectiva dentológica, sino desde su razón inmanente en el proceso histórico como racionalidad de lo real. Desde el momento en que todo lo real es racional y todo lo racional real, queda eliminada la distinción entre ser y deber ser.  Del mismo modo, desaparece la tradicional distinción entre derecho natural y derecho positivo como que  nada es racional si no es al mismo tiempo real; el derecho sería simultáneamente natural y positivo. No obstante, lo positivo tampoco significa el derecho legalmente  establecido de la Escuela Histórica o de los patrocinadores de la Codificación. Es la manifestación positiva de la voluntad del pueblo que se concreta e identifica en el Estado, voluntad que se hace objetiva en la compleja vida de las instituciones.  Pero el asunto tiene sus bemoles y abre puertas a la crítica.  Por un lado, la justificación de las instituciones jurídicas por su realización  histórica, llevaría a un positivismo jurídico absoluto que culminaría en el Estado totalitario, fuera de cual y de  su derecho no existen más valores. Por el otro y otra vez a diferencia de la Escuela Histórica que rompió con el universalismo metafísico del iusnaturalismo,  Hegel lo lleva a la perfección con la racionalización total de la realidad jurídica y política.

Bibliografía:

Hegel, Georg Wilhelm Fiedrich: Lecciones sobre Filosofía del Derecho. Ed.Universitaria de Morón, 1983.

Filosofía del Derecho. Introd. de Kar Marx. Ed. Claridad. Bs.As.1987.

Doctrina del Derecho, los deberes y la religión para el curso elemental. Edición bilingüe. Ed. Biblos. Bs.As. 2010.

Habermas, Jurgen. El discurso filosófico de la modernidad. Ed. Taurus. Bs.As. 1989.

Facticidad y Validez. Ed. Trotta, Madrid, 1988.

Fassó, Guido.Historia de la Filosofía del Derecho. Ed. Pirámide. Madrid, 1970. Tomo 3.

Verdross, Alfred:  La Filosofía del Derecho del mundo occidental. UNAM, México, 1983.

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