Nociones de Etica

Ética y moral en sus orígenes eran tomados como sinónimos, pero con el trascurrir del tiempo se fue paulatinamente distinguiendo entre ética y moral. Hoy se distinguen claramente: La moral es el objeto de reflexión de ética, es decir que la moral es el tema de estudio de la ética. La ética constituye una disciplina y los cuatro niveles de la ética son los siguientes:

Niveles de Reflexión Ética

La reflexión es la forma en que el sujeto se convierte objeto de sí mismo, se refleja, es una auto observación de la que surge un auto conocimiento. El individuo siempre se encuentra en una posición reflexiva y podemos encontrar distintos tipos de niveles de reflexión, encontramos la reflexión moral, la ética normativa, la metaética y la ética descriptiva; cada uno de estos niveles tienen características bien definidas que los distingue entre ellos pero también hay puntos en los que coinciden.

La Reflexión Moral o Pre Teórica

Es un saber pre reflexivo de fundamentación débil. Su pregunta es ¿Qué debo hacer? En cuanto este nivel de reflexión podemos observar que con él, se influye sobre la acción y justamente por eso concierne a la ética, esta ejerce una peculiar influencia indirecta sobre la acción. La reflexión moral es practicada el predicador moral, por el moralista. Aunque su predica no es reflexiva, el moralista necesita de la reflexión para reforzar su poder persuasivo. Pero no hay que pensar al moralista como una persona especial, cualquiera puede serlo en cualquier momento, cuando alguien le dice a otro alguien lo que debe hacer, o lo que no debe hacer, está ejerciendo una postura moralista. En la actualidad tal postura está completamente desacreditada pues suele vinculársela con la ingenuidad o bien con la hipocresía. El moralismo o la moralina son efectivamente deformaciones del ethos que evocan cierto rigor moral artificial, propio por ejemplo de la época victoriana y referida particularmente a la regulación de las relaciones sexuales. En nuestros tiempos la reflexión moral adecuadamente ilustrada  por la ética normativa y por la información científica sobre determinadas estructuras  situacionales, forma parte de la llamada ética aplica.

La Ética Normativa

Este es el nivel de la reflexión, la racionalidad y la fundamentación. Su pregunta es ¿Por qué debiera hacer esto? En este nivel la atención está dirigida a la validez de los principios morales. La razón se hace presente en ella y es ella la que tematiza el ethos. La ética normativa es la búsqueda de los fundamentos de las normas y las valoraciones y esa búsqueda se asocia indisolublemente a la crítica, es decir el permanente cuestionamiento de cada fundamentación. Fundamenta y crítica son tareas opuestas pero a su vez complementarias, ya que la consolidación será más firme cuantos más embates pueda resistir. Kant muestra hay un saber moral pre filosófico y tal saber se vincula con la facultad práctica de juzgar y permite decir qué es lo bueno y qué es lo malo y qué se debe hacer y que no se debe hacer. Es un saber natural del hombre, un saber espontáneo que se complementa con la reflexión moral, que ya está en el ethos pre reflexivo y que se complementa, en todo caso, con la reflexión moral. Es entonces un saber que no necesita de la filosofía, ni del todo el esfuerzo y la erudición que esta implica. Este saber natural  lo encontramos en todos los hombres, es básico y absolutamente necesario, pero resulta difuso y sucumbe con frecuencia a los que Kant llama una dialéctica natural. Es aquí donde la ética normativa de carácter filosófico es necesaria para que el hombre no sea engañado con ese saber, ella ayuda a reconstruirlo y librarlo de cualquier ambigüedad. El pensamiento positivista siempre le resto importancia a la ética normativa y nunca se la tomo como un saber riguroso. El prejuicio positivista es que para ellos lo normativo es subjetivo, como si fuera una cuestión de gustos, e ignora la diferencia que ésta tiene con la reflexión moral. Lo que el positivismo niega  es la posibilidad de la ética normativa, más exactamente niega su legitimidad. La ética normativa no es una cuestión de gustos, es ciencia que conduce al conocimiento autentico si se hace correctamente y con una metodología adecuada, representando la búsqueda de los fundamentos y de las normas.

La Metaética

Se realiza a través del discurso. Se busca respuesta a si esta bien planteada la pregunta ¿el qué debo hacer? Podremos encontrar un nivel de reflexión en el cual su metodología de estudio se puede realizar sin métodos analíticos; es muy común confundirla en su práctica con la ética analítica, pero ésta es exagera en su metodología. No se debe confundir entonces la metaética con el ética analítica. La Metaética en su práctica toma una distancia con los otros niveles de reflexión y cuanto más distancia toma encontramos una pretensión de neutralidad.  William Frankena (1908 – 1994) quien fuera un filósofo norteamericano, especializado en cuestiones morales, esbozo un pensamiento analítico y redujo los niveles de reflexión a tres, ya que no separa a la reflexión moral de la ética normativa, pero no comparte la idea de que solo la metaética merezca la clasificación de filosofía. Frankena en su pensar metaético, hablaba de que la metaética se concentra en responder preguntas lógicas, epistemológicas o semánticas como por ejemplo ¿Cuál es el sentido  o el empleo de las expresiones moralmente justas o buenas? ¿Cómo establezco o justifico juicios éticos y de valor? ¿Son estos siquiera susceptibles de justificación? ¿Cuál es la naturaleza de la moralidad, la distinción entre lo moral y lo amoral y el significado de libre o responsable? Richard Brandt (1910 – 1997), filósofo norteamericano, quien perteneció a la corriente filosófica tradicional del utilitarismo en las cuestiones morales, admite que la ética normativa no solo se propone la formulación de principios éticos y validos, ya sean abstractos o concretos, sino también una defensa o justificación de la aceptación de dichos principios. No comete pues el error de adjudicar a la metaética la función de fundamentar las normas morales. Lo que si le corresponde a la metaética es examinar la validez de los argumentos que se utilizan para la fundamentación que lleva acabo la ética normativa. Para Brandt sus tareas serian: plantear el método correcto para fundamentar los enunciados normativos y establecer los significados de los términos y enunciados éticos. La metaética, en síntesis, es el esfuerzo racional por aclarar todo lo que dice la reflexión moral y todo lo que dice la reflexión ético-normativa.

Ética Descriptiva

 A la ética descriptiva también se la puede llamar meta-moral. Este nivel de reflexión se encuentra cercano a la sociología y a la antropología. Nos encontramos con un nivel de reflexión netamente exógeno, es decir se tiene un sentido de que el individuo es el observador, pero este acto de observación no es ético, el ethos es el objeto; su función es pasiva. En el caso de la reflexión moral y de la ética normativa nos comportamos como pertenecientes al ethos. La intención reflexiva proviene de afuera del ethos, a diferencia de lo que ocurre en la reflexión moral y en la ético-normativa. En estas últimos la intención reflexiva proviene del ethos mismo. En ética descriptiva la reflexividad en sentido estricto se desvanece. En la ética descriptiva es comparable como si miramos una película de cine, aquí simplemente observamos y contamos lo que vemos, es una tarea científica y no filosófica. La ética normativa usa a la ética descriptiva  para tomar la información que la misma le proporciona y ante la descripción de la facticidad normativa de su estructura, de su funcionamiento y de sus causas en cuanto al fenómeno general y las causas de su individuación o desmembramiento de la cantidad de códigos morales. Tales observaciones se hacen desde un punto de vista determinado puede ser el de observado u observador. Las observaciones de la ética descriptiva intentan extraer información de la facticidad normativa. Tales niveles de reflexión ético-descriptivo es muy común encontrarlo en la antropología, sociología y psicología, las cuales orientan su estudia a la observación. Describen y llegan a conclusiones acerca de determinados comportamientos.

Las virtudes según Aristoteles

Aristóteles nació en la ciudad de Estagira, Macedonia y vive en el siglo IV AC. Fue maestro de Alejandro Magno a pedido del rey Filipo II de Macedonia, padre de Alejandro. En esa época Grecia es anexada por Macedonia y entra en una crisis política, económica y religiosa. Las polis pierden fuerza dentro del imperio macedónico. En esta época de crisis la pregunta que surge es la pregunta ética. Preguntas tales como ¿Qué hacer? ¿Qué es bueno? ¿Qué es malo? ¿A que me puedo atener? ¿Cuál es el fin? Las ideas platónicas ya no servían, tampoco había creencias, surge la pregunta ¿Qué es lo que se persigue en la vida? Existen tres grandes obras sobre ética atribuidas a Aristóteles: la Ética nicomáquea, que consta de diez libros; la Ética eudemia,  que consta de siete libros (tres de los cuales, los libros IV-VI, coinciden con otros tres libros de la Ética nicomáquea, los libros V-VII); y la Magna Moralia (Gran ética), de la cual todavía se duda si fue escrita por él o por un recopilador posterior. Según Aristóteles, toda actividad humana tiene un fin, una finalidad y por ende tiende hacia algún bien. Así, se da un teleologismo identificando el fin con el bien. El bien supremo es la felicidad y la felicidad es la sabiduría, el desarrollo de las virtudes, en particular de la razón. De esta manera, el ser humano actúa y cada uno de sus actos persigue un fin. Ese conjunto de fines se dirigen al logro de un fin a sí mismo, considerado como El Bien Supremo El mismo, debe cumplir con dos requisitos para ser considerado como tal, uno es el de ser Final, es decir no como medio para otra cosa, sino deseado por si mismo y el otro es que sea Autárquico, es decir debe bastarse por sí mismo

Para Aristóteles el bien supremo es la felicidad del hombre; incluye el comportarse bien y el vivir bien, tener una visa buena.

Definiciones sobre Fin y Felicidad

  • Fin: La finalidad o motivo de una acción.
  • Fin Medio o Imperfecto: Es aquel fin que se quiere por otra cosa y no por sí mismo.
  • Fin Final o Perfecto: Es aquél fin que se quiere por sí mismo y no por otra cosa.
  • Felicidad o eudaimonía: Es el Bien Supremo del ser humano.

La actividad contemplativa es la más alta de todas, puesto que la inteligencia es lo más alto de cuanto hay en nosotros, y además, la más continua, porque podemos contemplar con mayor continuidad que cualquier otra acción.

Aristóteles creía que la libertad de elección del individuo hacía imposible un análisis preciso y completo de las cuestiones humanas, con lo que las ciencias prácticas, como la política o la ética, se llamaban ciencias sólo por cortesía y analogía. Las limitaciones inherentes a las ciencias prácticas quedan aclaradas en los conceptos aristotélicos de naturaleza humana y autorrealización. La naturaleza humana implica, para todos, una capacidad para formar hábitos, pero los hábitos formados por un individuo en concreto dependen de la cultura y de las opciones personales repetidas de ese individuo. Todos los seres humanos anhelan la «felicidad», es decir, una realización activa y comprometida de sus capacidades innatas, aunque este objetivo puede ser alcanzado por muchos caminos.

Podemos definir como virtud al hábito selectivo que consiste en un término medio relativo a nosotros, determinado por la razón y por aquella por la cual decidiría el hombre prudente. Etimológicamente  proviene del latín Virtus y del griego αρετε.

Para Aristóteles la virtud es una excelencia añadida a algo como perfección.

Aristóteles muestra en Ética a Nicómaco, que la virtud humana no puede ser ni una facultad ni una pasión sino que debe ser un hábito. Que sea un hábito quiere decir que aparece no por naturaleza sino como consecuencia del aprendizaje, y más exactamente de la práctica o repetición. La práctica o repetición de una acción genera en nosotros una disposición permanente o hábito que nos permite de forma casi natural la realización de una tarea. Los hábitos pueden ser buenos o malos; son hábitos malos aquellos que nos alejan del cumplimiento de nuestra naturaleza y reciben el nombre de vicios, y son hábitos buenos aquellos por los que un sujeto cumple bien su función propia y reciben el nombre de virtudes. En general llamamos virtud a toda perfección de algo por lo que podemos distinguir virtudes del cuerpo y virtudes del alma; pero en la ética aristotélica las virtudes estudiadas y que le interesan a este filósofo son las virtudes del alma, y en ellas distingue:

  1. Las virtudes que perfeccionan el intelecto o virtudes intelectuales o dianoéticas
  2. Las virtudes que perfeccionan la voluntad o virtudes éticas o morales.

Cuadro resumen sobre las virtudes

Definición de la virtud  Εexcelencia añadida a algo como perfección. Buena disposición para el cumplimiento o realización perfecta de una inclinación natural
 Tipos de Virtud ÉTICAS DIANOÉTICAS O INTELECTUALES
Definición Perfección de la voluntad; hábito selectivo que consiste en un término medio (entre el exceso y el defecto) relativo a nosotros, determinado por la razón y por aquella por la cual decidiría el hombre prudente Perfección del entendimiento o razón en relación al conocimiento de la verdad; hábito que faculta para la realización del apetito natural del hombre hacia el saber
Forma de adquirirse La repetición, la costumbre El aprendizaje, la instrucción

Aristóteles definió la mayor parte de sus virtudes como el término medio (mesotes) entre dos extremos. La virtud ética es un hábito de elección que conduce a optar por el equilibrio entre dos extremos viciosos, a los que Aristóteles llamo justo medio. La razón es la que determina en cada caso cuál es el justo medio, el cual no puede ser establecido por anticipado mediante una regla. Tomemos como ejemplo la virtud de la valentía. Para Aristóteles no es valiente quien no tiene ningún miedo sino quien, aún consciente del riesgo y embargado por el temor, es capaz de obrar correctamente. Podemos comprender su doctrina del término medio imaginando los extremos de la valentía por exceso o por defecto. Ser excesivamente valientes podría conducirnos a exponernos a riegos excesivos o peligros innecesarios. Sin embargo, si somos precavidos en exceso y el miedo gobierna nuestra acción estaríamos incurriendo en el error contrario: seríamos excesivamente poco valientes. De cada rasgo humano el hombre virtuoso habrá de encontrar la exacta medida entre cada uno de los extremos aunque existan algunas virtudes que, como la justicia, nunca pueden acusar un exceso.

El utilitarismo

El utilitarismo fue propuesto originalmente durante los siglos XVIII y XIX en Inglaterra por Jeremy Bentham y su seguidor James Mill, aunque también se puede remontar a filósofos de la Grecia Antigua como Parménides. Tanto la filosofía de Epicuro como la de Bentham pueden ser consideradas como dos tipos de consecuencialismo hedonista, pues juzgan la corrección de las acciones según su resultado de modo consecuencialista en términos de cantidad de placer o felicidad obtenida. El utilitarismo es una teoría ética que asume las siguientes tres propuestas: lo que resulta intrínsecamente valioso para los individuos, el mejor estado de las cosas es aquel en el que la suma de lo que resulta valioso es lo más alta posible, y lo que debemos hacer es aquello que consigue el mejor estado de cosas conforme a esto. De este modo, la moralidad de cualquier acción o ley viene definida por su utilidad para los seres sintientes en conjunto. Utilidad es una palabra que refiere aquello que es intrínsecamente valioso para cada individuo. En la economía neoclásica, se llama utilidad a la satisfacción de preferencias, en filosofía moral, es sinónimo de felicidad, sea cual sea el modo en el que esta se entienda. Estas consecuencias usualmente incluyen felicidad o satisfacción de las preferencias. El utilitarismo es a veces resumido como «el máximo bienestar para el máximo número». De este modo el utilitarismo recomienda actuar de modos que produzcan la mayor suma de felicidad posible en conjunto en el mundo. Dentro de las diversas concepciones de las teorías utilitaristas podemos considerar básicamente dos corrientes principales, que son: el utilitarismo del acto y el utilitarismo de la regla. Por un lado los utilitaristas del acto miden las consecuencias derivadas de los mismos además definen que el mejor acto es aquel que aporta la máxima utilidad. Por otra parte los utilitaristas de la regla, en cambio, aplican el cálculo a las reglas, estableciendo la moralidad de éstas en función de las consecuencias que se derivan de su seguimiento, afirmando que el mejor acto es aquel que forme parte de una norma que sea la que nos proporciona más utilidad. Los utilitaristas de las reglas juzgan a las mismas por sus consecuencias y a las acciones por las reglas. En definitiva, utilitarismo de la regla es la teoría para la cual lo correcto o incorrecto de una acción debe ser sopesado por la bondad o maldad de las consecuencias de una ley. Siendo a una ley o norma, por consiguiente, a la que cada uno debe adecuar sus acciones en tales circunstancias. Las doctrinas deontológicas han manifestado numerosas críticas respecto a la visión clásica del utilitarismo, la cual exige calcular continuamente las consecuencias de todos nuestros posibles actos, considerando como no moral el desentenderse de esta búsqueda continua de la mejor alternativa que proporcione la máxima felicidad para el mayor número. Por otra parte, la crítica fundamental que se le hace al utilitarismo es su no consideración de las reglas que el sentido común parece dictar para la toma de decisiones, así como su no consideración, de una manera expresa, de los diversos derechos humanos. Las críticas son contundentes, afirmando que el consecuencialismo es incompatible con los derechos humanos al no reconocerlos de forma clara y absoluta. Los utilitaristas no colocan como primeros principios y ejes de su teoría a los diversos derechos, sino que por el contrario, consideran que éstos serían consecuencia de aplicar su principio, y por ello, del cálculo de consecuencias y de la exigencia de maximizar la felicidad para el mayor número. Los diversos autores utilitaristas han respondido a estas críticas manifestando que, naturalmente, no tenemos que estar continuamente realizando el cálculo de las consecuencias. Nuestras experiencias a lo largo de la vida y las numerosas experiencias acumuladas por la humanidad, hacen que sepamos las consecuencias de numerosos actos -sabemos que matar acarrea pérdida de felicidad y que, por tanto, es un acto rechazable, y que por ello podamos simplificar los cálculos aplicando reglas como esquemas estandarizados y automatizados de valoración. Utilizamos por tanto las normas, según esta corriente de pensamiento, como meros instrumentos a los que no se les asigna la importancia sustantiva y el valor propio que la teoría deontológica propugna Los derechos humanos y las diversas normas sociales de distintas culturas, responden a un momento histórico determinado. Los distintos derechos humanos, en realidad se fundamentan en la experiencia, y por tanto, en las consecuencias que se han apreciado que comportaban diversos actos humanos. La consciencia humana, no puede ser otra cosa que experiencia acumulada a lo largo de la historia, manifiestan los utilitaristas. Por ello, las diferentes normas y derechos deben ser revisados a la luz de sus consecuencias, para estudiar su adecuación a los momentos actuales, puesto que el cambio tecnológico, social, histórico o económico, puede hacer variar los resultados de los mismos actos en diversos momentos. Se hace preciso, siguiendo esta teoría, efectuar el cálculo de las consecuencias, y no atenerse a derechos o normas que puedan ya estar desfasadas e implicar repercusiones que en su momento no fueron tenidas en cuenta. Las reglas, por tanto, son simplificaciones del cálculo que nos evitan el tener que calcular continuamente los efectos de todas las acciones que podríamos realizar en cada momento, por ello economizan y facilitan el lograr el principio de utilidad. Esta teoría ve a las reglas como instrumentos útiles, como herramientas que ayudan en la toma de decisiones, pero sin darles a dichas reglas el carácter absoluto, sustancial e incluso sagrado, que le confiere por lo general la deontología y los autores intuicionistas. El carácter instrumental de las reglas, ya fue puesto de manifiesto por Adam Smith: » Estas reglas generales de conducta, cuando se quedan fijas en nuestra mente mediante la reflexión habitual, tienen una gran utilidad para corregir las representaciones falsas del narcisismo relativas a lo que es adecuado hacer en nuestra situación particular.»Resumiendo se han propuesto otras formas de utilitarismo. La forma tradicional de utilitarismo es la del utilitarismo del acto, que afirma que el mejor acto es el que aporta la máxima utilidad. Una forma alternativa es el utilitarismo de las normas, que afirma que el mejor acto es aquel que forme parte de una norma que sea la que nos proporciona más utilidad. Por ejemplo mentir suele considerarse habitualmente un acto malo dadas las consecuencias perniciosas para la vida en sociedad, de tal forma que un utilitarista de la regla lo condenaría sin duda ni atenuantes. Un utilitarista del acto, sin embargo, podría considerar que en determinadas ocasiones, si la mentira en cuestión va a producir más beneficio que daño en términos generales, no solo no es cuestionable, sino que como en el caso de las mentiras piadosas puede convertirse en algo recomendable. Supongamos un pueblo que tiene problemas en su capacidad hídrica y por ende escasez de agua. Al aproximarse el verano el intendente del pueblo saca una ordenanza prohibiendo el llenado de las piletas de natación en las casas de aquellos que tenga una. Ahora bien, una persona que tiene una pileta pequeña en su jardín, en verano la facilita para que chicos que no pueden acceder a un natatorio la utilicen. Un utilitarista del acto probablemente la llenaría pues pensaría que sui acto en realidad no incidirá en el consumo global de agua ya que su pileta es pequeña  y que al llenarla traerá felicidad para muchos chicos. Por el contrario un utilitarista de la regla no la llenaría, pues si bien podría pensar lo mismo que el utilitarista del acto, analizara la consecuencia del mismo y concluirá que si no cumple con el mandato municipal se perderá el respeto por la autoridad del intendente y todos terminarían llenando sus piletas, ocasionando un daño a la sociedad en su conjunto, acarreando a la larga infelicidad para todos. El utilitarista de la regla se acerca mucho en este caso al imperativo categórico kantiano.

La ética según Kant

Kant define el deber como “la necesidad de una acción por respeto a la ley”.

En la Fundamentación de la metafísica de las costumbres, Kant presenta la idea del deber, definiéndolo como la necesidad de una acción por respeto a  la ley. En este caso ocurre que el fundamento de determinación de la voluntad no es la inclinación, sino la ley moral misma, del lado objetivo, o el respeto, del lado subjetivo. Esta ley debe ser universal y a priori (validez universal y necesidad, independiente de la experiencia), no pudiéndose pensar la misma de otra manera. El respeto es el único sentimiento que proviene de la razón, los otros son siempre por inclinación. La acción moral debe ser por deber y para que algo sea moral tiene que ser racional y por lo tanto universal. Los deberes estrictos son aquellos que indican una acción cuya transgresión no podrá ni siquiera ser pensada, ni querida como ley universal, por ejemplo la mentira. En los deberes amplios se puede pensar su transgresión pero no se puede querer, por ejemplo sería contradictorio no querer que la ayuda sea ley universal. Dentro de los deberes amplios tenemos dos tipos a saber:

a) Hacia uno mismo como por ejemplo desarrollar los propios talentos

b) Hacia los demás en el marco de interacción social.

Kant también presenta la noción de máxima como el principio subjetivo del querer. Como decíamos el deber es la necesidad de una acción por respeto a la ley. Por el objeto, como efecto de la acción que me propongo realizar, puedo, sí, tener inclinación, pero nunca respeto, justamente porque es un efecto y no una actividad de una voluntad. De igual modo, por una inclinación en general, o sea mía, o sea de cualquier otro, no puedo tener respeto: a lo sumo, puedo, en el primer caso, aprobarla y, en el segundo, a veces incluso amarla, es decir, considerarla como favorable a mi propio provecho. Pero objeto del respeto, y por ende mandato, sólo puede serlo aquello que se relacione con mi voluntad como simple fundamento y nunca como efecto, aquello que no esté al servicio de mi inclinación, sino que la domine, al menos la descarte por completo en el cómputo de la elección, esto es, la simple ley en sí misma. Una acción realizada por deber tiene que excluir por completo el influjo de la inclinación, y con ésta todo objeto de la voluntad; no queda, pues, otra cosa que pueda determinar la voluntad, si no es, objetivamente, la ley y, subjetivamente, el respeto puro a esa ley práctica y por lo tanto, la máxima de obedecer siempre a esa ley, aun con perjuicio de todas mis inclinaciones. Se define como Máxima al principio subjetivo del querer; el principio objetivo, esto es, el que serviría de principio práctico, aun subjetivamente, a todos los seres racionales, si la razón tuviera pleno domino sobre la facultad de desear, es la ley práctica. Kant distingue los imperativos hipotéticos y categóricos según se requiera una condición o no. El imperativo hipotético requiere de una condición, por ejemplo “Si queres aprobar la materia, estudia”. Este tipo de imperativo requiere siempre de una prótasis y de una apódosis. Siempre dependen de una condición. Estos imperativos hipotéticos se pueden clasificar en problemáticos y acertoricos. El imperativo hipotético es analítico, ya que se separa un concepto y se efectúa un juicio sobre ese concepto. Por el contrario el imperativo categórico no requiere de ninguna condición y es sintético a priori. Se unen en el la voluntad que quiere la universalidad, la cual es propia de la razón. El imperativo categórico nos dice que actuemos de acuerdo con máximas que podamos querer como leyes universales. Una máxima siempre contiene las razones conforme a las cuales alguien actúa. Lo que el imperativo categórico hace es decirnos si nuestras razones para la acción son buenas o malas. El principio nos dirá que mantener una buena reputación es una mala razón para cumplir las promesas y que hacerlo por respeto a los demás es una buena razón. Entonces, “cumplir las promesas”, por ejemplo, no es una máxima bien formada porque no especifica las razones que alguien tiene para actuar de esta manera. Kant sostiene que el imperativo categórico nos hace exigencias incondicionales, y lo contrapone al imperativo hipotético, el cual nos hace exigencias condicionales, es decir, nos exige que hagamos ciertas cosas bajo el supuesto de alguna condición. Ambos principios son imperativos porque nos dicen qué debemos hacer, ya sea actuar conforme a máximas que podamos querer como leyes universales o bien que tomemos los medios necesarios para la realización de nuestros fines. El imperativo hipotético nos hace una exigencia condicional en el sentido de que nos exige que tomemos ciertos medios bajo el supuesto de que queremos un fin. Por ejemplo, si se dice que alguien tiene el fin aprender a nadar, el imperativo hipotético me exige que tome los medios necesarios para ese fin, digamos, que tome clases de natación. Pero en el momento en que ese alguien decida que después de todo no le interesa aprender a nadar, el imperativo ya no le exige que esa persona tome clases de natación. El principio prescribe un curso de acción bajo el supuesto de que esa persona tiene un fin. Si la persona en cuestión renuncia al fin, el imperativo ya no prescribe que tome los medios. El imperativo hipotético es un principio de racionalidad práctica porque nos dice en qué consiste actuar racionalmente ya que una persona racional toma los medios para realizar sus fines mientras que una personal irracional no. En el ejemplo planteado en el párrafo de arriba, supongamos que la persona tiene pánico de hundirme en la pileta y ahogarse; cada vez que piensa en aprender a nadar se imagina que no va a poder flotar; así que todos los días se dirige hacia el lugar en donde está la pileta y no tiene el valor de inscribirme en las clases de natación. Supongamos, al mismo tiempo, que la persona realmente quiere aprender a nadar; digamos que sus amigos están planeando ir a bucear en las vacaciones y que él es la única que no puede nadar. Quiere aprender y, sin embargo, el pánico hace que se comporte irracionalmente: en vez de tomar los medios necesarios para mi fin, no lo hace. A diferencia del imperativo hipotético, el categórico exige incondicionalmente que hagamos ciertas cosas o que las dejemos de hacer, esto es, sin suponer ninguna condición: uno debe, por ejemplo, respetar a los demás sin importar lo que uno piense, quiera o desee. El imperativo categórico, al igual que el hipotético, es también un principio de racionalidad práctica, pues nos dice en qué consiste actuar racionalmente. Esto no significa que el problema con la conducta inmoral es que sea irracional. En la teoría de Kant no es el caso que la persona moral actúe moralmente porque quiera ser racional; la persona moral actúa moralmente porque valora a la humanidad como un fin en sí mismo, en su persona y en la de los demás. El fin o la aspiración de la persona moral no es ser racional, sino tratar a la humanidad siempre como un fin y nunca como un mero medio. Todos los seres racionales son fines en si mismos. Aunque, desde luego, la acción moral es al mismo tiempo racional porque se adecua a los principios que gobiernan la racionalidad práctica.

Párrafo extraído de Lecciones Preliminares de Filosofía de Manuel García Morente, Pagina 230.

Encaminado en esta dirección, Kant advierte que todo acto voluntario se presenta a la razón, a la reflexión, en la forma de un imperativo. En efecto todo acto, en el momento de iniciarse, de comenzar a realizarse, aparece a la conciencia bajo la forma de mandamiento: hay que hacer esto, esto tiene que ser hecho, esto debe ser hecho, haz esto. Esa forma de imperativos, que es la rubrica general en que se contiene todo acto inmediatamente posible, se especifica, según Kant, en dos clases de imperativos; los que él llama imperativos hipotéticos y los imperativos categóricos.

 La forma lógica, la forma racional, la estructura interna del imperativo hipotético, es la que consiste en sujetar el mandamiento, el imperativo mismo, a una condición. Por ejemplo: “si quieres sanar de tu enfermedad, toma la medicina”. El imperativo es “toma la medicina”; pero ese imperativo está limitado, no es absoluto, no es incondicional, sino que está puesto bajo la condición “de que quieras sanar”. Si tú me contestas: “no quiero sanar”, entonces ya no es válido el imperativo. El imperativo: “toma la medicina” es pues solamente válido bajo la condición de que quieras sanar

En cambio, otros imperativos son categóricos: aquellos justamente en que la imperatividad, el mandamiento, el mandato, no está puesto bajo condición ninguna. El imperativo entonces impera, como dice Kant, incondicionalmente, absolutamente; no relativa y condicionadamente, sino de un modo total, absoluto y sin limitaciones. Por ejemplo, los imperativos de la moral se suelen formular de esta manera, sin condiciones: “honra a tus padres”; “no mates a otro hombre”; y, en fin, todos los mandamientos morales bien conocidos

Fin de la Cita.

Kant distingue tres tipos de acciones a saber:

  • Acciones contrarias al deber
  • Acciones conforme al deber
  • Acciones por deber, siendo estas últimas las únicas que poseen valor moral.

Las acciones pueden ser realizadas por inclinación (mediata o inmediata), o por deber. Son hechas por inclinación cuando las hacemos porque nos parece que con ellas podemos obtener un bien relacionado con nuestra felicidad. En el caso de las que se buscan por inclinación inmediata es porque la acción misma produce inmediatamente satisfacción, por ejemplo ver una película y en el caso de las que hacemos por inclinación mediata es porque con dichas acciones conseguimos una situación, hecho o circunstancia que produce satisfacción o ausencia de dolor como por ejemplo ir al dentista. Sin embargo, las acciones hechas por deber se hacen con independencia de su relación con nuestra felicidad o desdicha, y con independencia de la felicidad o desdicha de las personas queridas por nosotros, se hacen porque la conciencia moral nos dicta que deben ser hechas.

El siguiente gráfico ilustra sobre la relación entre los tipos de acciones.

Las acciones netamente honestas no son necesariamente morales.

Kant, hace referencia al comerciante atento a no cobrar a sus clientes más de lo debido. En principio parece que tal acción tendría que proceder de una voluntad absolutamente buena en sí; sin embargo no tendría por qué ser necesariamente así  (esto no significa que, según Kant,  tal actuación fuera mala desde el punto de vista moral) ya que podría no estar actuando por deber sino conforme al deber. Por ejemplo, tal comerciante podría cobrar precios justos a sus clientes pero por motivos de prudencia, es decir, porque piensa que si es honrado así puede vender más y tener mayor cantidad de clientes. Al actuar así, el comerciante lo estaría haciendo conforme al deber. Pues bien, según Kant,  solamente tendrían un auténtico valor moral aquellas acciones realizadas Por Deber. En este contexto, Kant, nos pone también un ejemplo: preservar la vida propia es un deber; pero, además, todos tenemos una inclinación natural e inmediata a conservarla. Pues bien, teniendo en cuenta estos dos supuestos

  1. Conservar la vida por deber
  2. Conservar la vida por inclinación natural

Si alguien preserva su vida simplemente porque siente una inclinación a hacerlo así, entonces una acción no tendría un auténtico valor moral. Ello no quiere decir que sea moralmente malo conservar la vida por inclinación; sin embargo, Kant, únicamente la define como acción oportuna y laudable, pero nada más. Para que tal acción tenga valor moral, la acción tendría que llevarse a cabo a causa de que es un deber propio el preservar la vida, es decir, tal acción debería realizarse por obligación moral. El valor moral de una acción radica en el móvil que determina su realización. Cuando este móvil es el deber tiene valor moral.

Bibliografia: Ética, problemas y conceptos. Ricardo Maliandi. Clases de Ética, cátedra de Ética, UCES Maria Teresa Calatroni, Ricardo Maliandi..

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Filosofia

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